Cuentos y Anécdotas

Inicio-Home

 


Leyenda de El Manantial

Por Johnny Torres Rivera
 

  Solía pasar mis vacaciones escolares en la vetusta casona de mi abuela, a quienes todos allá en el barrio El Cantito, en Manatí,  conocían como doña Sili la comadrona. Su tez canela y una larga y lacia cabellera que recogía en un moño sobre su cabeza revelaban su ascendencia zambo. Los conocimentos que tenía sobre las propiedades de plantas medicinales eran asombrosos y que según ella, provenían de sus ancestros indios y africanos. Pero en cuanto a sus particulares convicciones se refiere,  para mi eran una incomprensible burundanga.

  En cierta ocasión, mientras conversaba amenamente con una de mis primas en el balcón de la casa, la luminosidad del cielo comenzó a cambiar de un terso y diáfano azul a una tonalidad plomiza.  Al rato comenzó a lloviznar y relampaguear. Mi prima en esos momentos se empolvaba el rostro con una motita, mirándose en un espejito que sostenía en su mano. 

  Al verla mi abuela, enardecida exclamó.

- ¿Estás loca? ¡Insensata! ¿Quieres que te pase como a la india del manantial? 

 Acto seguido le arrebató con brusquedad el espejo. Entró a la casa y lo guardó en la alacena de la cocina. Se dirigió hacia su alcoba donde tenía una imagen de Santa Bárbara, posada sobre una repisa, dentro de un nicho de cristal.  Encendió un cirio de color carmesí para con reverencia colocarlo frente a la santa.  Procedió entonces a cubrir con sábanas la luna del chifferobe y luego los demás espejos en los cuartos de la casa. 

  Fué entonces cuando por curiosidad le pregunté el por qué cubrir los espejos, y a cual india se refería. Muy seria, inclinando la cabeza y lanzando la mirada sobre el marco de sus lentes, con voz trémula contestó. 

- M'ijo, los espejos atraen los rayos. 

- ¡ Ah caray! Bueno... ¿Y en cuanto a la india?

Continuó:

- Eso pasó en los tiempos de Maricastaña, cuando llegaron los españoles de la banda allá en busca del oro en las riberas del Río Manatuabón. 

  Según su relato, en la parte más alta de un lugar muy cerca de la playa, los indios tainos habían establecido una apacible aldea. Rodeada de exuberante fronda, frescura del clima, suelo fértil, cercanía del mar y una laguna para la pesca garantizaban su sustento.  De entre todas las doncellas de aquel paraíso indígena, Anani destacaba por su hermosura, moza muy presumida y veleidosa. Por temor a su padre pocos osaban cortejarla. Era hija de un guerrero baracutey, curtido en las guazábaras contra los indios caribes que por temporadas atacaban el villorrio. 

  De ella estaba prendado Yamuy, hijo del respetado bohique de la tribu, un talentoso joven tallador de cemíes. Durante los cánticos y bailes en la  celebración de los areytos tocaba con exquisita habilidad una flauta de barro.  Acostumbraba acompañar a su padre en las atávicas ceremonias en honor a sus deidades. Revestía vital importancia aprender  los conjuros para mantener apaciguados a los malos espíritus. Bajo la tutela de su padre  esculpía o pintaba los símbolos sagrados en las paredes de las cuevas.

  Cerca de la desembocadura del río Manatuabón, estaban construyendo un asentamiento los recién llegados españoles. Para aquel entonces eran considerados dioses por los tainos. Por ser reducido el número de los colonizadores, se vieron en la necesidad de ir a la aldea donde vivía Anani a solicitar ayuda. Fueron bien recibidos y obsequiados con guanimes de maíz, casabi de la yuca y frutas silvestres. Los encantos de la núbil doncella Anani también llamaron la atención de uno de los visitantes, un marinero aventurero de  nombre Bernabé, que habiendo aprendido el idioma indígena oficiaba como traductor. 

  Ambos pretendientes, el taino Yamuy y el español Bernabé, le habían expresado sus sentimientos a la hermosa india. Cada cual y a su manera hacían lo indecible por ganar su amor. Ella, indecisa, les propuso que  entregaría su amor a quien lograra sorprenderla con el mejor requiebro, y a la vez trajera el regalo mas lindo y valioso como prueba de amor. Ambos rivales aceptaron. El lugar de reunión sería en un acogedor lugar de un cercano acantilado.

 Llegado el día, sentada altiva sobre una roca esperaba Anani con impaciencia a sus enamorados. El primero en presentarse fué el hijo del médico brujo. De su ocarina de concha marina salieron notas tan límpidas y melodiosas que rivalizaban con los trinos de las aves. Traía consigo como ofrenda de amor un elaborado cemí esculpido en ágata jaspeada representando a Guabancex, diosa de los vientos. Además, una guirnalda confeccionada con corales rojos y delicadas figurillas talladas en hueso de manatí. No tardó en llegar el marinero, y de su envoltura sacó una Vihuela. Tañendo las cuerdas,  acompañó su bien timbrada voz cantando coplas. Terminado su repertorio le obsequió a la joven una gargantilla con cuentas multicolores de vidrio y un resplandeciente espejo enmarcado en madera barnizada. Ella quedó deslumbrada, arrobada en la  contemplación de su faz reflejada en aquel novedoso objeto mágico; la fascinación de ver los dedos de su otra mano retozando en su cabellera. Con desdén rechazó y lanzó al suelo los obsequios de  Yamuy.

  Hasta ese momento el sol brillaba en todo su esplendor y una fresca brisa jugueteaba entre las ramas de los arbustos de uvas de playa, hicacos y noní. Mas de pronto, empezaron a cabalgar sobre las olas del mar  rachas de una fría ventisca, el cielo se cubrió de tenebrosas nubes amorfas de las cuales se descolgaban gotas de lluvia y granizo.  La intensidad del viento aumentó,  azotando y barriendo con furia todo lo que se interponía a su arrollador paso; levantando torbellinos de hojarasca, arena y lodo.  Manojos de fuego que se esparcían como raíces saltaban entre los nubarrones, desdibujando a contraluz
grotescas siluetas. A los fulgurantes destellos  le acompañaban truenos ensordecedores, que reverberando rabiosos por montes y valles se perdían en la lejanía.

  Yamuy, intuyendo la causa de aquella inusitada barahúnda, tomó entre sus manos el cemí que aún yacía tirado en el suelo. Caminó encorvando el cuerpo en titánica lucha contra el ventarrón hasta llegar a la orilla del mar, a pocos pasos donde las olas rompían con violencia en el duro estrato de eolianita. Cayó de rodillas  y levantando ambos brazos sobre su cabeza elevó un clamor.

- ¡ Detente Guataubá, te pido por favor, no prosigas ! ¡ Escucha mi ruego Coatrisquie, aleja tu vasija ! Intercedan por mí ante Guabancex, a quien imploro un perdón para Anani. No fue su intención ofenderla.  Los ojos cerrados, sin proferir sus labios palabras; sin el auxilio del mayojuacán ni de la cohoba, desde lo más recóndito de su ser, Yamuy intentaba establecer la unión mística con la diosa de las tempestades y sus incondicionales ayudantes.

 De el encapotado cielo convertido en caos bajó una ominosa columna de agua en forma de cono, que furiosa se retorcía y giraba,  justo al frente de los protagonistas.  Anani y Bernabé se aferraban con fuerza a las ramas de los arbustos para no ser arrastrados por la vorágine, las dilatadas pupilas viendo acercarse aquella horrible entidad.  Sentían el corazón latiendo frenéticamente, la respiración acelerada, cuerpo y alma inmobilizados por el terror. 


  Solo Yamuy, que inmerso en profundo trance aún de hinojos permanecía,  escuchó aquella enérgica voz de mujer que ordenó.

- ¡Levántate!  Lo hecho, hecho está. ¡ Obedece y vete, guaiba,guaiba!

  Reaccionando al mandato corrió, trepó hasta lo alto de un montículo, se volteó y pudo ver; como desde el centro de la tromba salió un fulminante rayo que hizo blanco en el espejo que aún sostenía en su mano la incauta india. El replandor de aquella centella cegó por unos instantes a Yamuy, pero al recuperar la vista notó que del lugar se levantaba una espesa columna de humo.  Anani y Bernabé habían desaparecido. El rugiente vórtice continuó avanzando hasta el acantilado rocoso, devorando todo lo que su punta al tocar tierra encontró.

  Todo sucedió tan rápido. En solo un instante terminó el caos. Cesó la lluvia, el viento amainó y retornó el sosiego. Al dispersarse las nubes emergió radiante la luz del sol, permitiendo a Yamuy observar cómo el lugar en la playa donde antes se encontraban, se había convertido en una pequeña poza arenosa semilunar de poca profundidad cercada por rocas. De un resquicio en el promontorio calizo que la rodeaba manaba ahora un chorro de agua cristalina que rauda por la arena se deslizaba buscando el mar. Este a su vez la esperaba en la charca, para así ambos unirse en íntimo y anhelado  encuentro. En el suave tintineo del manantial que fluía de las entrañas de la peña, le pareció a Yamuy escuchar la voz juvenil de Anani, y en el murmullo bravío de las olas del mar la del marinero Bernabé reclamándola. 

  Terminado el relato, mi abuela sacó de uno de los bolsillos de su larga falda un rosario. Persignándose caminó con parsimonia hasta su cuarto. Con los brazos semi extendidos hacia abajo a lo largo del cuerpo ejecutó un extraño giro, primero hacia un lado y luego al otro. Llevando las dos manos juntas con el rosario entre los dedos hasta la barbilla inclinada, se arrodilló frente a la  imagen de Santa Bárbara y comenzó a rezar.

  Bueno, así fué como me lo contó mi abuela doña Basilisa Medina, Q.E.P.D. Me he quedado sorprendido al escuchar que aún hoy en día mucha gente continúa creyendo que los espejos atraen los rayos. Dizque por el azogue (mercurio) que contienen. ¡Válgame !

Juan Torres Rivera       


Guabancex