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El pueblo puertorriqueño tiene desde hace muchos años, tal vez
algunos siglos ya, unas demarcaciones entre lo aceptado
socialmente y lo no aceptado, y la mezcla racial siempre ha
sido, aunque algunos sean más “claritos” que otros, desdeñada
socialmente. Muy a pesar de que según Jiménez (citado en Alleyne
, 2005, p.133) en el Puerto Rico del siglo XVIII, había pocas
familias de “ascendencia pura y refinada” las cuales les
ofrecían sus hijas a cualquier marinero desertor blanco, aunque
este no tuviera nada que ofrecerles, excepto su blancura . Por
tal razón, muchos libertos y aún esclavos desarrollaron un
pensamiento que aún está en la mente de muchos boricuas mulatos
o negros; “el mejorar la raza” uniéndose consensualmente o por
medio del matrimonio a gente de la raza blanca para ser
aceptados socialmente. Negrón Portillo y Mayo Santana (2007)
abren el debate para que historiadores interesados en el tema
investiguen sobre cómo se daba la jerarquización social del
esclavo por causa del color de la piel. Actitud que tiene que
haber sido igual con el liberto. De acuerdo a historiadores de
la América Latina, el negro puro, o el esclavo más obscuro de
piel estaba jerarquizado entre las castas sociales más bajas (Negrón
Portillo y Mayo Santana, 2007).
Los negros y sus variantes, han sido y aún son “marginados” y
“demonizados” desde el aspecto social y racial (Suarez Findlay,
1999). En el Puerto Rico decimonónico, el color de la piel del
negro establecía para este último, la relación social aceptable
entre la élite blanca criolla y el negro. Podía este último, si
exhibía una piel más clara tener un mejor oficio, como por
ejemplo, uno artesanal y en caso de ser esclavo podía trabajar
más cerca del amo o aún dentro de la casa (Negrón Portillo y
Mayo Santana, 2007). Algunos oficios, tuvieran la piel clara o
no, como sucedía en el Viejo San Juan, hacía que la población
blanca sanjuanera tuviera, en este caso, a las libertas en alta
estima. Un ejemplo de esto lo eran las lavanderas, y la razón lo
era, la dificultad que suponía
lavar dentro de la ciudad por la falta de agua fresca en la
capital (Scully & Paton, 2005). Sin embargo, esto, no
necesariamente le garantizaba aceptación social o acercamiento o
entrada a los círculos más elitistas del país. Sued Badillo y
López Cantos citados en Alleyne (2005) dicen que cualquier
individuo “de color”, no importando la gradación de la piel, era
considerado inferior. De ahí, que la población puertorriqueña,
en su mayoría mulata o negra, le llamara a la élite, los
“blanquitos” y reconociendo de esta manera la autoridad de los
blancos sobre ellos. Uno de los elementos que demuestra esta
desvalorización de lo negro lo es la utilización de eufemismos,
que pretenden “ignorar” desde el punto de vista social
puertorriqueño, la mezcla de razas en nuestra sociedad, por
ejemplo, la palabra “mulato/a” , se identifica con una persona
que tiene como a uno de los dos padres a un negro. Para evitar
esta relación directa, se utiliza la palabra “trigueño/a ”, la
cual no necesariamente identifica a la persona con un “negro”, y
la identifica como un sujeto más claro de piel y tal vez, más
lejos en su relación biológica con algún negro en su
ascendencia. La palabra “negro” también sigue siendo una “mala
palabra” o una palabra “muy fuerte” en nuestra tierra. Esta
palabra, en la medida que se puede, se evita. Se substituye por
el eufemismo de “negrito” que tiende a ser según el concepto
popular, más liviano en su carga conceptual.
Fragmento tomado de:
REVISTA KALATHOS
Extracto de la tesis doctoral en progreso:
El impacto de los espacios del arrabal metropolitano del siglo
XIX: Voz y presencia en
la personalidad social del Puerto Rico moderno y postmoderno.
Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe
Dra. Vilma G. Pizarro Santiago.
Caricatura de Miche
Medina, El Mundo 1990, biblioteca UPRRP
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