Cuentos y Anécdotas

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Escambrón
Por
Marcos Pérez Ramírez

Ya no hay marinos impertinentes y borrachos jodiendo la pita en estos lares. Ahora el relevo de tal labor lo tomaron las hordas de títeres y ligones que vienen a hacer de todo, menos bañarse en la playa. Sí, lectores, así es el único balneario público de San Juan.

Acá llegan unos chamacos y se entierran en la arena, no sin antes perfilarse sendos falos arenosos, como si esculpieran en plena playa el 'wishful thinking' que amasa su precariedad. Allá Otro enfermito viene ligando por doquier sin guardar apariencias: camina ataviado en manga de camisa y mahones. No hay dios que le quite los lentes oscuros pa' que no sepan que está mirando. ¿Ligará a aquella pareja de novios que medio sumergidos en el vaivén de las olas se dan chinos de amor?

Tanta sensualidad difusa dejaría lelo al más sabio.

Sin embargo, esto no es motivo para que los turistas se abstengan de lanzarse en este 'melting pot' playero. Contemplen a este señor blanquísimo pasado de peso tomando su bronceado langostero. ¿Será alemán, canadiense o...? Un vecino dominicano me remataría: "iSon gringos to!".

Allende camina otro turista sobre los filosos peñones que cobijan la poza playera. Ignora la furia súbita del Atlántico.

Me gusta el Escambrón. Se va de lo sublime a lo grotesco en un abrir y cerrar de ojos. De envidiar es todo este paisaje: parques deportivos, playas, una ciclovía y hasta un antiguo fortín hay. ¿Y cómo no terminar la tarde con un buen hamburger aderezado con queso roquefort y una cervecilla fría en El Hamburger?

Aquí hay historia de sobra: miles de abuelos bailaron su querencia en una loza en el finiquitado Escambrón Beach Club; los títeres de antaño colmaban la verja del antiguo Sixto Escobar para ver a sus Cangrejeros jugar y Vasallo lloró en aquella alberca que ya no está- cuando ganó la medalla de oro por Estados Unidos y el público entonó la Borinqueña en los míticos Juegos Panamericanos de 1979. Papá me llevó a unas carreras de atletismo en aquella justa, pero mi recuerdo es como una nube de salitre.

Qué me importa todo esto ahora. La tarde es espléndída. La fauna es sin par. Y no hay mejor acompañamiento para todo esto que el helado de coco que me
acaba de pedir mi hijo.

Publicado en El Nuevo Día, domingo 13 de julio de 2008