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Ya no hay marinos impertinentes y
borrachos jodiendo la pita en estos lares. Ahora el relevo de
tal labor lo tomaron las hordas de títeres y ligones que vienen
a hacer de todo, menos bañarse en la playa. Sí, lectores, así es
el único balneario público de San Juan.
Acá llegan unos chamacos y se entierran en la arena, no sin
antes perfilarse sendos falos arenosos, como si esculpieran en
plena playa el 'wishful thinking' que amasa su precariedad. Allá
Otro enfermito viene ligando
por doquier sin guardar
apariencias: camina ataviado en manga de camisa y mahones. No
hay dios que le quite los lentes oscuros pa' que no sepan que
está mirando. ¿Ligará a aquella pareja de novios que medio
sumergidos en el vaivén de las olas se dan chinos de amor?
Tanta sensualidad difusa dejaría lelo al más sabio.
Sin embargo, esto no es motivo para que
los turistas se
abstengan de lanzarse en este 'melting pot' playero. Contemplen
a este señor blanquísimo pasado de peso tomando su bronceado
langostero. ¿Será alemán, canadiense o...? Un vecino dominicano
me remataría: "iSon gringos to!".
Allende camina otro turista sobre los filosos peñones que
cobijan la poza playera. Ignora la furia súbita del Atlántico.
Me gusta el Escambrón. Se va de lo sublime a lo grotesco en un
abrir y cerrar de ojos. De envidiar es todo este paisaje:
parques deportivos, playas, una ciclovía y hasta
un antiguo
fortín hay. ¿Y cómo no terminar la tarde con un buen hamburger
aderezado con queso roquefort y una cervecilla fría en El
Hamburger?
Aquí hay historia de sobra: miles de abuelos bailaron su
querencia en una loza en el finiquitado Escambrón Beach Club;
los títeres de antaño colmaban la verja del antiguo Sixto
Escobar para ver a sus Cangrejeros jugar y
Vasallo lloró en
aquella alberca que ya no está- cuando ganó la medalla de oro
por Estados Unidos y el público entonó la Borinqueña en los
míticos Juegos Panamericanos de 1979. Papá me llevó a unas
carreras de atletismo en aquella justa, pero
mi recuerdo es como
una nube de salitre.
Qué me importa todo esto ahora. La tarde es espléndída. La fauna
es sin par. Y no hay mejor acompañamiento para todo esto que el
helado de coco que me
acaba de pedir mi hijo.
Publicado en El Nuevo Día, domingo
13 de julio de 2008
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