Cuentos y Anécdotas

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    Puerta de Tierra sin Rosado
 

Por Germán M. Negroni  

 
De los románticos años '40 y '50 sólo quedan algunos soñadores nostálgicos que recuerdan a don Juan Rosado. Otros pocos dirán con desmemoriada ingenuidad que una vez vieron al pasar en guagua frente a la Iglesia de San Agustín un viejo caserón de dos pisos en cuyo balcón superior lucía brillante y novedoso -contrastando con la casona de madera,- el rótulo gigante de 'Rosado Art & Sign Shop'. Los más se atreverán a decir que no saben quién fue.

Sólo unos cuantos lienzos salvados por la Universidad de Puerto Rico, el Instituto de Cultura Puertorriqueña, el Museo de Arte de Ponce y varios coleccionistas privados, quedan a la posteridad como legado del pintor paisajista que debió hacer rótulos comerciales para poder vivir en la que, además de romántica época, fue período de muchas privaciones y pobreza para nuestro pueblo.

Muchos 'faranduleros' -de los años 50- acostumbrábamos a refugiarnos ocasionalmente en la casa de don Juan Rosado los viernes por la noche y sábados en la tarde, y entre los contertulios de entonces no faltaban figuras como José Luis Torregrosa, Diplo, Rafael Benliza, Silvia Rexach, por mencionar algunos, amén de periodistas tan conocidos como Jacobo Córdova Chirino, Luis Sánchez Cappa, Víctor Arroyo, Teófilo Vülavicencio, y no pocos aprendices del oficio como el que suscribe estas memorias.

Como dirían en su momento maestros de la pintura de la talla de Antonio Martorell, Toño Torres Martinó, Félix Rodríguez Báez, Carlos Raquel Rivera, Tufiño y otros, resumiendo: Rosado era un pintor de oficio, pero de una sensibilidad poco común. Era el impresionista del color y el olor del Puerta de Tierra de entonces; su principal testigo; su cronista e imaginero.

Hace un año, el 25 de abril de 1986, el Instituto dé Cultura Puertorriqueña y la Fundación Nacional de las Artes inauguraron una exposición-homenaje al pintor-rotulista que contribuyó apreciablemente a dar realce renovado a la obra pictórica de Rosado, pero, más aún, a reconocer su labor como maestro de artistas, varios de los cuales son hoy día figuras relevantes del arte pictórico.

Quienes le conocimos y apreciamos ayer, como le recordamos ahora, aún nos parece verle en su balcón, con su corbata de lazo negra y su bigote parisino de corte daliano, blandiendo el pincel frente al caballete y saludando campechano y alegre, con su sonrisa y su decir únicos que representaban, gráficamente, el perfil particular de Puerta de Tierra, ese pintoresco sector capitalino que, en definitiva, ya no es el mismo sin Rosado.

Tomado de: El Vocero, lunes 11 de mayo de 1987.
Colaboración de Giancarlo Paoli Rosado .