Cuentos y Anécdotas

Inicio-Home


Leyenda de la Yola Errante
El bote fantasma del Martha Kane. 1892
 

Cualquier marinero o pescador familiarizado con las aguas que rodean la Isleta de San Juan, Puerto Rico, le contará la historia de la yola del buque Martha Kane y su tripulación de espectros. La historia se remonta a los primeros días del siglo XIX, y relata que el Martha Kane era un barco dedicado a transportar esclavos al mando del capitán Hawke. Entre los de su calaña ninguno de ellos destacaba por sentir compasión o misericordia. Llegó a ser famoso por su crueldad sin par y sangrienta ferocidad. Su tripulación y oficiales le sentaban a perfección, por ser tales canallas de tan mala reputación que ningún otro capitán en la profesión se podría haber permitido llevarlos en su castillo de proa. Pero eran gente taimada y sagaz que siempre se las arreglaban para eludir a los barcos enviados a capturar sus buques, que se dice apestaban con la sangre de las miserables criaturas que llevaba cautivas en las bodegas.

Pero sus malévolos viajes llegaron a su fin, a través de la venganza quizás de la mismísima enervada providencia.

Entre los cautivos que llevaba en este, su último viaje, se encontraba un príncipe negro. Era un hombre inteligente y perceptivo, que se sintió tan conmovido por sus propios sufrimientos y los de su pueblo que urdió una confabulación para lograr su liberación. El plan consistía en que cuando la escotilla se abriera para bajar la comida, algunos de ellos prestaran sus espaldas para entonces otros poder saltar a la cubierta, donde en tropel se avalanzarían sobre la tripulación y los oficiales, derribarlos y dominarlos. La primera parte del plan se ejecutó sin problemas. Los cautivos saltaron a la cubierta y se lanzaron hacia sus agresores, pero los últimos estaban muy bien armados, y los miserables esclavos estando debilitados por las privaciones y la falta de aire, fueron masacrados con machetes y disparos de las pistolas de los oficiales, hasta que la sangre fluyó por la cubierta en riachuelos. Los cuerpos fueron lanzado a los tiburones que se arremolinaban en torno al buque, como en anticipación del festín que se les proporcionaría. Algunos de los esclavos no estaban aún muertos cuando fueron arrojados por la borda, para entonces encontrar un rápido final en las fauces de los horribles lobos del mar.

Las escotillas fueron cerradas y aseguradas con clavos sobre el resto de la carga humana que, como castigo, quedarían privados de aire fresco por el resto del tiempo antes del barco llegar al puerto. Cientos de personas murieron, sus cuerpos descompuestos contaminando aún más el aire viciado de la bodega. Muchos enloquecieron y mordían y desgarraban a sus compañeros, que estaban demasiado débiles para defenderse. Que el capitán Hawke pusiera en peligro su carga parece increíble, pero la crueldad del hombre pudo más que su codicia, además de que se daba por sentado, que un buen porcentaje de los esclavos iba a morir de todos modos durante la travesía.

Pero para el príncipe que planeó la tan funesta revuelta fue reservado el peor de los castigos. Le obligó a desnudarse y atado a una cuerda fue bajado al agua, donde a los tiburones se les permitió morder y desgarrar sus extremidades pulgada a pulgada, antes de volverlo a izar a bordo. Estaba enloquecido por el hambre y la sed, así como por sus sufrimientos, y ya completamente fuera de sí a gritos maldijo la nave, el capitán, los oficiales y la tripulación, vaticinando que la nave se quemaría por el fuego enviado del cielo, y que los de la tripulación que no perecieran en ella serían condenados a bogar errantes por estas aguas para siempre. Y así murió en medio de las burlas y carcajadas de aquellos miserables.

Esa noche, no obstante, un insólito fuego envolvió la arboladura y el velamen del navío. Las llamas descendian en lugar de quemar hacia arriba, calcinando a los hombres de la cubierta, como si hubieran sido otros tantos nudos de la madera. El capitán y dos de sus oficiales, con tres o cuatro de los marineros, huyeron hacia una yola de salvamento y lograron lanzarla a las embravecidas olas que rodeaban el barco; aunque más allá del área del siniestro el mar estaba tranquilo. Cuando los hombres se habían ido, y el esquife se alejó, las llamas cesaron tan repentinamente como aparecieron, y los esclavos subieron ilesos de la bodega a la cubierta, cuando la escotilla por si sola se abrió de par en par.

La nave estuvo a la deriva por cerca de un día o dos hasta que fue avistada por un buque que partía desde San Juan con destino hacia el exterior. Al contar su increíble historia los cautivos omitieron agregar cómo, cuando ya las llamas se habían extinguido, la tripulación de la yola intentó una vez más abordar el buque, pero fueron repelidos por ellos.

Desde entonces, el esquife se ha visto a menudo en estas aguas, según alegan los marineros y pescadores, con su tripulación remando como si estuvieran vivos. Pero al aproximarse solo se ven esqueletos desnudos, mirando hacia atrás sobre sus hombros con muecas horribles en sus descarnados rostros y sus ojos encendidos, con un fuego que no es de este mundo. El bote casi siempre aparece antes de los temidos temporales que azotan estas costas, y cada navegante que ve esta fantasmagórica embarcación bailando sobre las olas frente a él, mantiene un ojo avizor a las inclemencias del tiempo.

Un viejo pescador que antes fue marinero, y ahora opera una pequeña embarcación para la pesca de peces y ostras en la villa pesquera, cuenta la siguiente historia de la fantasmal tripulación del Martha Kane: "He visto la yola dos veces. Una vez estaba de contramaestre en el Peter Snelling con destino a Inglaterra, cuando una tarde el hombre en la rueda gritó, "aquel barco, señor" y al mirar veo una pequeña embarcación boyando arriba y abajo en el agua, con seis o siete personas en ella. Parecía que remaban hacia nosotros, y el capitán dio órdenes para acercarnos. Pero aquellos tipos no parecían avanzar ni hacer ningún progreso al remar, y entonces caí en cuenta lo que era y se lo dije al timonel. Pero no me tomó en cuenta y dijo "No seas tonto"', así que me quedé callado. Pero, cuando llegamos hasta el bote vimos tan solo hombres muertos en ella, con los remos podridos todavía agarrados en sus manos huesudas. Esa noche el Peter Snelling fue golpeado por un huracán y se hundió con todo a bordo, excepto yo y un hombre llamado Thimblerigg".

"La próxima vez que la vi estaba aquí pescando en la bahía, y de pronto una misteriosa niebla se extendió y cubrió toda la superficie de la mar, y perdí toda noción de hacia donde se encontraba la costa. De pronto frente a mi, moviéndose envuelto en un halo de luz roja que parecía sangre, veo un pequeño bote que viene bailando sobre las olas, y les juro que aquellos hombres que llevaba me invitaron a seguirlos. Pero yo sabía más que eso... así que di media vuelta y navegué exactamente en la dirección opuesta y así encontré el puerto."

La historia de la yola errante, encuentra una extraña confirmación por un prominente ciudadano de San Juan, que dice que en 1880 fue a navegar en una travesía de placer cuando un vendaval azotó de súbito el barco, volteándolo y provocando que cuatro personas perecieran ahogadas. El resto se afianzó de la embarcación volcada hasta que la ayuda llegara, pero mientras estaban en la espera: un pequeño bote de rescate pasó a corta distancia de ellos, rodeado de un extraordinario resplandor rojo que reveló las resplandecientes e inexpresivas caras de los remeros, que no prestaron la menor atención a sus gritos de auxilio, pero tal parecía que ellos se hundían más ante la presencia de aquellos espectros.

Chicago Times. 1892
Traducción por Johnny Torres Rivera