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En sus Crónicas de la
Guerra Hispanoamericana, el capitán Ángel Rivero Méndez nos narra como todo el glacis del Morro estaba minado, permanentemente, en toda su extensión con ramales principales, por los que podía caminar un hombre de pie y otros laterales que terminaban en los hornillos de mina, donde solamente se podía avanzar de rodillas. Una galería comunicaba estas minas con el castillo de San Cristóbal y desde éste continuaba hasta el polvorín de Puerta de Tierra.
Luego del ataque de 1797,
se excavó un nuevo pasadizo cubierto,
para conectar el Polvorín con la Primera Línea de Defensa. Gran parte de los subterráneos
quedaron cortados dos años antes de la guerra hispanoamericana, al hacer excavaciones para emplazar los cañones Ordóñez.
"Era muy peligroso el transitar por tales caminos, no sólo por su mucha humedad, sino también por los millares de arañas guabás que allí se guarecían".
La función principal del edificio
era almacenar la pólvora, municiones, cohetes de señales, hachas de
contraviento, estopines de carrizo, bengalas, camisas embreadas,
barriles de metralla, armas, artillería, equipos y pertrechos en tiempos
de paz. También
existía un taller para recargar cartuchos de fusil. Sin embargo, si un
ataque era inminente, el edificio era desalojado y toda la mercancía
transportada dentro de la ciudad fortificada. Galería entre los muros exteriores y el
fortín. Aquí estaban localizadas las jaulas del
"zoológico". Foto: Circa 1955 traspasaron la propiedad al
gobierno civil. En 1935, el polvorín fue utilizado como museo de
historia natural y en él se exhibían colecciones de minerales, rocas,
fósiles, entomología, botánica y animales disecados; en el interior se
construyeron divisiones y una nueva entrada se abrió en el centro del
lado sur. En 1945 su director,
Miguel A. Barasorda, convirtió las galerías exteriores en
"parque zoológico". Ocho puertas se integraron a la fachada
del Polvorín, dos en el sur y seis en el norte. En el interior se
instalaron dos baños, en el suroeste un almacén y el noroeste un café. En la galería entre la pared exterior
sur y el gran muro, había jaulas donde se exhibían monos, serpientes,
y unas cuantas aves. Justo el final de las escalinatas de la parte posterior orientada
hacia el este, había un
foso donde se exhibían varios cocodrilos en cautiverio. Según leyenda
urbana se decía, que
eran alimentados con perros realengos capturados en las calles de San
Juan, pues el erario público carecía de fondos para tales gastos. Una
importante renovación se llevo a cabo entre el 1974 y 1975, cuando se
ampliaron varias estructuras y ocho ventanas se abrieron en el muro
protector. En el
1953 el
curador del museo era el Sr. Juan Reinosa Padilla y para el 1954
Arturo Gigante su director.
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