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Por Johnny Torres Rivera El Polvorín de San Jerónimo es uno de cuatro edificios para el almacenaje de pólvora y municiones que los españoles construyeron en el siglo XVIII como parte de sistema defensivo de San Juan. El edificio de ladrillos y mampostería, de geometría rectangular, fue construido entre 1769 y 1772 por el ingeniero militar español Juan Francisco Mestre. El perímetro exterior lo protegen altos muros y en dos de sus esquinas garitas o puestos de observación. Como medida de protección contra descargas eléctricas, pararrayos están colocados al tope de dos columnas construidas en ladrillos que semejan chimeneas. La estructura interior del edificio está reforzada en ambos lados por 10 masivos contrafuertes. Para el abastecimiento de agua potable contaba con cisternas que recolectaban el agua de lluvia. En sus Crónicas de la Guerra Hispanoamericana, el capitán Ángel Rivero Méndez nos narra como todo el glacis del Morro estaba minado, permanentemente, en toda su extensión con ramales principales, por los que podía caminar un hombre de pie y otros laterales que terminaban en los hornillos de mina, donde solamente se podía avanzar de rodillas. Una galería comunicaba estas minas con el castillo de San Cristóbal y desde éste continuaba hasta el polvorín de Puerta de Tierra. Gran parte de los subterráneos quedaron cortados dos años antes de la guerra hispanoamericana, al hacer excavaciones para emplazar los cañones Ordóñez. Era muy peligroso el transitar por tales caminos, no sólo por su mucha humedad, sino también por los millares de arañas guabás que allí se guarecían. En los polvorines de Santa Elena, San Sebastián, San Jerónimo y Miraflores se guardaba toda la pólvora y artificios. El Parque y Maestranza de artillería construían todos los juegos de armas y montajes, así como los artificios de guerra, tales como cohetes de señales, hachas de contraviento, estopines de carrizo, bengalas, camisas embreadas y botes de metralla. También existía un taller para recargar cartuchos de fusil.
En 1935, el polvorín fue utilizado como museo de historia natural y
en él se exhibían colecciones de minerales, rocas, fósiles,
entomología, botánica y animales disecados; entre los animales se
destacaba un manatí de gran tamaño, y en los fósiles una langosta y
un cangrejo hallados en Orocovis. Además, contaba con una maqueta
topográfica, a escala, de la isla de Puerto Rico. En 1945 sirvió como
"parque zoológico". En la galería entre la pared exterior
sur y el gran muro, había jaulas donde se exhibían monos, serpientes,
y unas cuantas aves. Justo el final de las escalinatas de la parte posterior orientada
hacia el este, había un
foso donde se exhibían varios cocodrilos en cautiverio. Se decía que
eran alimentados con perros realengos capturados en las calles de San
Juan, pues el erario público carecía de fondos para tales gastos. En el
1953 el
curador del museo era el Sr. Juan Reinosa Padilla y para el 1954
Arturo Gigante su director. El edificio fue restaurado entre 1992 y 1994 por el Fideicomiso de Parques Nacionales de Puerto Rico.
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