Biografías


Rafael Humberto Marchand
Rodríguez
Autobiografía

 

Nací el 10 de noviembre de 1946. Soy el cuarto hermano de cuatro hijos varones, uno de los cuales era Jenaro Marchand, Jr., mi amado y recordado “Tuto”. Mis padres a la fecha de mi nacimiento vivían en una comunidad de vivienda conocida como caserío. De hecho fue el primero en la capital de Puerto Rico, en mi barrio, Puerta de Tierra. Mi madre, Isolina Rodríguez Cartagena, natural de Cayey, era hija de un comerciante cayeyano y de una mujer sencilla y dulce de Guayama. Posteriormente se trasladaron a la capital y vivían en una lujosa residencia contigua a la Universidad de Puerto Rico. Mi padre, Jenaro Marchand Paz, natural de Juncos, era hijo de un ministro Bautista en un templo cercano a la residencia de mi madre. Papi y mami se conocen en la coincidencia de un paseo por la calle de mi madre y él se detiene a escuchar la melodía que interpretaba mi madre en un piano. Desde entonces el piano ha sido un protagonista que subliminarmente moldeó una sensibilidad conectada por esa fidelidad a la apreciación de la música. Mami y el piano significaban un espacio de sensibilidad especial. 

Hijos de la depresión económica de los años 30, mi padre estudia hasta el octavo grado y mi madre escuela superior en estudios comerciales. De hecho, cuando se casan, sus limitaciones económicas ambientadas por la gran depresión de los años treinta se ubican en barrios, si bien de pobreza económica, con una riqueza de dignidad reflejada en valores de solidaridad.

Mis padres fueron de los primeros residentes en el Falansterio. Era una comunidad de apartamentos con una intención de esfuerzo propio y ayuda mutua. Era una comunidad intencionada centrada en que vivir es tener acceso a lo mejor que el ser humano puede aspirar, es decir, a conectarse, conocerse, y ser instrumento de superación mutua. 

Tuve una infancia usando como referente a mi padre, mis hermanos, sobre todo mi madre. Temprano en mi vida nos conectamos inmediatamente con la vecina del frente. Fue mi madre también. Entre su vivienda y la nuestra las puertas se abrían mutuamente. Titi Rosa, una mujer negra de la montaña, y Monchín, hombre blanco, zapatero, que siempre estaba leyendo, formaban junto con sus cuatro hijas, todas hermosas mujeres puertorriqueñas, mi familia del edificio A 6 y 7 del Falansterio. En esa convivencia ocurrió una mutación de amor filial a tal extremo que nosotros cuatro varones (algo pícaros) y las vecinas hermosas nos criamos con el más profundo amor de hermanos. Lo hermoso es que esa conexión pervive en el transcurso de muchos años y su prole nos llaman tíos.

Era la década de los 50 y el apartamento en que vivíamos era un lugar de reunión de la familia extendida por razón de que el negocio (laundry) de mi tío abuelo, y donde trabajaba mi padre, estaba cerca y, por tanto, mi casa era lugar de reunión, en particular a la hora del almuerzo. Papi en ese momento de prosperidad contrataba personal para cocinar y ofrecer a la familia y tíos, primos y visitantes. También nos visitaba un estudiante de medicina, mi primo por parte de madre. La Escuela de Medicina de Puerto Rico también estaba muy cerca de nuestra vivienda. Mi primo era estudiante de psiquiatría y él y mi mamá desarrollaron desde siempre una empatía que les permitió abrirse a conversaciones que yo escuchaba. Eran conversaciones desde una perspectiva de que en la vida existen contratiempos y problemas que siempre tienen una respuesta de solución. Obviamente esa no es una conclusión intelectual que llegue como resultado de esa experiencia. Sí es concluyente que en el transcurso del tiempo me ayudó su traducción partiendo desde las sensaciones de la experiencia. Esa sensación en sus resultados me decía que detrás de las apariencias existe una verdad que por dura que sea se superan las situaciones de la vida. Esta experiencia ha sido una sutileza inherente a mi búsqueda en todo momento de contratiempo.

Como dije, pasé mi infancia con la ternura de mi padre y mi madre y Titi Rosa, mis hermanos y hermanas. El deporte fue un medio de expresión de talento de los hijos de Jenaro e Isolina. Igualmente en la escuela mis hermanos reflejaban buenas notas y llegando yo a primer grado mi maestra había sido maestra de ellos. Tuve una gran sensación de logro al escuchar a mi maestra decir en un comentario a otras personas que estos hermanos (hijos de Isolina) son todos muy inteligentes.

Ciertamente en mi familia extendida podía identificar tíos jueces, abogados, médicos, empresarios, etc., que me servían de referente respecto a metas profesionales. Por tanto, a pesar de vivir en un área de escasos recursos, mi ambiente cultural y nivel de aspiraciones me llevaron a tener metas intelectuales y profesionales. 

Crecí entre hermanos, padre, madre, y la familia extendida de Rosa, Monchín, Lucy, Candy, Teresa y Rosita. Dos de mis hermanos ya eran universitarios cuando estaba en la escuela elemental. Mi madre, además de buena pianista, era misionera Bautista estudiosa de la Biblia. Por tanto, tenía un ambiente de buena música, libros y espiritualidad. Siempre observé en mi madre una consistencia entre su verbo y su acción. Por otro lado, mi padre, quien era algo bohemio, alegre y humano, acostumbraba a traer a mi casa personas que carecían de comida y los alimentaba en gesto de solidaridad. Recuerdo que el día del funeral de mi padre un sacerdote solidario me pregunta la religión de mi padre. Le indique que él no iba a la Iglesia y le conté sus proezas humanistas que solía hacer con personas marginadas. El sacerdote, inspirado, me indica que si él era cristiano, y tenía una forma particular de ir a la iglesia, procediendo a oficiar una misa cantada frente a su cuerpo. Sentí un enorme orgullo por mi padre.

Una experiencia importante en mi vida fue el hecho que mi madre, siempre ama de casa, en un momento en que el negocio de mi tío abuelo no pudo continuar, por los cambios, tuvo que emplearse. Ella fue empleada administrativa del Departamento de Transportación. Fui testigo de cómo mi madre, en su aspecto de misionera Bautista, fue organizadora de una unión laboral para, por medio de la negociación colectiva, mejorar las condiciones de empleo. La recuerdo en un momento de huelga con un letrero que decía ¡Justicia!

Ya adolescente, poco antes del comienzo de la década de los 60, mis padres se trasladaron a una residencia mucho más amplia a pesar de que ya dos de mis hermanos se habían casado. Fue un momento duro, sentí una pérdida y por primera vez sentí la amargura de la melancolía. No obstante, teniendo la fuerte raíz de mi origen, mantuve como segunda y primera casa el apartamento de Titi Rosa, Monchín y mis hermanas, que hizo mi transición menos dolorosa. Parte de ese dolor respondía al hecho de que había tenido mi primer flechazo amoroso y me separaba por voluntad de mis padres. El tiempo encargó cosas hermosas, si bien no románticas, humanas. Esta novia y yo siempre mantuvimos un lazo de comunicación continua. Fui testigo de serios contratiempos de esta familia y siempre fue un referente para mí del significado y propósito del sufrimiento.

Desde ese momento de mudanza mi mundo se fue ampliando en la escuela secundaria y luego a la universidad, destino inevitable en el contexto del discurso de mis padres para enfrentarme a los retos de la vida.

En la secundaria estudié en un colegio Masón. Escuela privada laica, no tenía mayor aspaviento que no sea que era un ambiente muy diverso. Me destaqué en deportes y alguna que otra travesura, romántica o no. Combinaba un ánimo algo travieso, algo de oposición al respetuoso (nunca olvidaba que era el hijo de Isolina), con buenas notas, especialmente en Historia, Español, no tanto en Matemáticas, excepto Geometría, donde recibí una importante observación muy estimulante de mi profesor respecto a mi potencial.

Al ser una escuela de matrícula reducida, los lazos de amistad e intimidad eran de cercanía espontánea. Conocí desde entonces a la que ha sido mi compañera de vida en la buenas y en las malas, donde juntos, en momentos dulces y borrascosos, hemos ahondado procesos de crecimiento mutuo donde nuestra máxima ha sido que todo lo que pasa en nuestras vidas es para bien de nuestro desarrollo personal. Ambos hemos sido fuente de mutuo amor y entendimiento donde el tiempo siempre se convierte en reto de crecimiento. Fui presidente de mi clase graduanda, honor que me confirieron mis compañeros. 


En 1964 ingresé a la Universidad de Puerto Rico. Experiencia trascendental que marcó mi vida en un giro de interrogantes y búsquedas. Nunca olvidaré ese primer día de clases en la Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras. Sentí un profundo orgullo y compromiso por mi País. Desde entonces he vivido una fascinante búsqueda, de preguntas existenciales sobre la importancia de la conciencia y el conocimiento y el propósito que esto conlleva.

Consciente o no, mi preferencia académica se inclinaba para el conocimiento general. De ahí mi interés por los estudios antropológicos. Este marco de estudio sobre la condición humana me llevaban a estudiar temas generales, desde Psicología hasta Política, sin excluir las Ciencias y la Economía.

Dentro de este ambiente académico era imposible no asumir posiciones sobre mi propia identidad, es decir, quién era yo y cuál es el propósito de mi vida y el significado de haber nacido en esta Isla caribeña. Las respuestas son un proceso continuo provocado por esa experiencia universitaria.

En los aspectos operacionales vocacionales, estudié Ciencias Sociales con el ánimo de estudiar Derecho. Por instinto y reacción a mis circunstancias personales, sociales y políticas, visualicé que estudiar Derecho me permitiría mayor autonomía personal. Fue correcto y a la misma vez equivocado a la luz del momento presente.

El currículo humanista que experimenté en mi universidad provocó el encuentro con muchas preguntas existenciales. Las respuestas no se limitaron al estudio aislado en el aula. Incluyó la oposición e impugnación a lo establecido. Incluía asumir posiciones en lo que creía era justo. Sin dejar de tener riesgos, tuve momentos felices y de crecimiento. Momentos maravillosos.

Terminados mis primeros cuatro años y graduado de Bachillerato en Estudios Generales, comencé a trabajar como maestro en el sistema de escuelas públicas y a la misma vez comencé estudios post graduados en Pedagogía. 

Contraje matrimonio con Blanca Paonesa, mi novia de escuela superior, y con quien también compartimos estudios universitarios. Nuestra unión es una constante de conexión amorosa. Al igual que mis padres, tenemos cuatro hijos varones, pero también tuvimos una niña.

En los procesos políticos de mi país participé y llegué a ser candidato a la Cámara de Representantes en un partido disidente. Decepcionado, en el 1972 decidí estudiar Derecho y dejar pendiente mi maestría, dirigido a obtener un título de Orientador. Esta decisión respondía a mi conciencia de profundizar en estudios que me ofrecieran una autonomía personal y mantener la integridad de mis ideas. Además no dejaban de seducirme esos asuntos del poder. Estudiar Derecho lo hice en la época de la gran disidencia contra la guerra de Vietnam y fueron años intensos de todas las emociones. Años de aprendizaje, amistades y responsabilidades con el nacimiento de dos de mis cinco hijos. Todo lo estudiado en el área de Pedagogía cobró sentido con la conexión con mis críos, quienes, como yo, se criaron en los estudios y los deportes. Implicó también sacrificios económicos pero valió la pena. Logré mi título y mantuve y he mantenido mi autonomía e integridad. Así me siento.

En el 1975, después del angustioso proceso de los exámenes y reválida, juramenté como abogado. Comencé a laborar como abogado de obreros migrantes dentro de un programa de asistencia a ciudadanos con impedimentos en el acceso a la justicia. Fueron dos primeros años de enormes satisfacciones donde junto a colegas cultivé amistades y desarrollo de destrezas profesionales; aún fueron maestros aquéllos en que sentí barreras y conflictos que me instaron a crecer. Dos años más en este programa en otro escenario, en el área metropolitana, también me permitieron mi desarrollo, no necesariamente de una forma ascendente pero si en circunvalación. El compromiso por los pobres me salía desde la fidelidad al origen. Me sentía cómodo en el Programa de Servicios Legales. Sin embargo ya la tropa familiar había crecido y requería más presupuesto. 

Retroalimentado por compañeros de que estaba listo, me lancé a la aventura de abrir una oficina legal privada. Con azares e incertidumbres, me sumergí en el mundo de la litigación, de la cual tenía una buena base en el Programa de Servicios Legales. No me separé de ese origen y mis clientes continuaron ser los consumidores, los disidentes, los empleados. Cuando representé a algún patrono siempre lo hice bajo la condición del cumplimiento estricto de la ley y la justicia.

Por 20 años estuve en un dínamo de litigios, principalmente ofreciendo acceso a los necesitados de justicia. Tuve un breve receso como abogado del Instituto de Cultura y del Departamento del Trabajo. Ambos escenarios, congruentes con mi visión de defender la identidad de la Nación puertorriqueña y la solidaridad con los trabajadores. Después de ese periodo volví a mi refugio autónomo de mi despacho y continúe laborando, siempre con la fidelidad a mi conciencia.

En mis labores cívicas trabajaba en la sociedad civil promoviendo el derecho a la autodeterminación del pueblo de Puerto Rico y el cumplimiento del derecho internacional respecto a nuestra relación con Estados Unidos y el mundo. En lo humano fui un activista por los derechos de los niños y la prevención del maltrato de menores.


Rafael Humberto Marchand en la cabina de transmisión de Radio Isla AM.


Participé por 15 años junto al primer comediante de Puerto Rico en una sección de noticias y comentarios donde asumía posiciones sobre situaciones políticas y sociales, siempre desde una perspectiva responsable y basada en el respeto. Al fallecimiento de José Miguel Agrelot, continúe participando en programas de radio, al margen e incidentales a mi práctica legal. Es fascinante el compartir ideas difundidas por un micrófono, dirigidas a la expansión de la conciencia y a que la retroalimentación sea nutriente. Tengo proyectos en esa dirección.

En lo académico, retomé estudios para obtener una Maestría en Orientación, en que me expuse a cursos donde contacté el desarrollo de los modelos de personalidad. Igualmente, en mi anarquía de lecturas, las preferidas giran en torno al desarrollo personal, la Física Cuántica, y el pensamiento de Karl Jung. De hecho, asisto a grupos de estudios sobre individuación que me permiten acceso a una sabiduría integral.

De hecho, en mi experiencia como abogado, desde mi observación del conflicto, he llegado a la conclusión de que detrás de cada pleito había una probabilidad de trascenderlo desde la perspectiva de una conciencia humana desarrollada. Me pregunto qué puedo hacer por mejorar la situación actual de mi persona y el prójimo.

Ahora, a treinta y siete años de práctica legal intensa y después de vivir el reto de superar un diagnóstico de cáncer, mi conciencia no descansa para escuchar y divulgar los tonos de justicia y amor de mis raíces. Consciente que la solución no está fuera de mí sino en mí y los demás, quiero compartir con otros mis experiencias de vida para fecundar una vida más plena y que se eleven los niveles de conciencia, y vivamos una sociedad de justicia y paz.