Lydia (Tita) Cubano  

Algunas de sus obras

Por Isabelo Rivera Sayáns


 Nació y creció en la Parada 6, bajando la iglesia San Agustín, en nuestro barrio de Puerta de Tierra. Lydia cursó sus estudios en el Colegio San Agustín. Estudió cosmetología y belleza, profesión que ejerció por muchos años y con reconocimiento de excelencia. "A los 12, Brunilda era la única ‘beautician’ que había y yo le recogía las hebillas. He recorrido todas las paradas de Puerta de Tierra. Me fui a trabajar al Caribe Hilton y ya a los 18 años tenía un salón propio"acota. Se especializó en recortes y trabajó como estilista en hoteles dentro y fuera de Puerto Rico. Se casó en la Iglesia San Agustín, de hecho, doble ceremonia junto con su hermana, Toñy (experiencia no frecuentada). "Cuando me casé y tuve mis hijos quise cuidarlos yo misma y puse un salón en mi propia casa en Río Piedras y allí los eduqué hasta el sol de hoy", recuerda Cubano.

Al igual que muchos de nosotros, luego se mudó fuera de Puerta de Tierra a Town Park donde tuvo sus hijos y enviudó. Su inquietud contínua la mueve a una finca en Canóvanas, donde había convertido una "casita" de piso y techo de madera  en un centro de inspiración, de motivación, de relajación constante. Estuve allí de visita y no podría decir por donde entraba o salía la brisa, el sol, el aire, la lluvia, el olor de las plantas, el zumbar del viento. Ese santuario tenía puerta y ventanas por todas partes y parecía más bien, se me ocurre, una iglesia sin paredes. No todo el mundo tenía acceso a ese parador. Coincidímos en esa ocasión toda su familia: madre , padre, hermanos, hijos y sobrinos (la comadrona nunca volvió). La música en cassette de Isabelo y Leocadio no podía faltar y aquella tarde se convirtió en una comunión y meditación de dos familias vecinas y contínuas del Falansterio: Juan Cubano y Fa. (I-8) e Isabelo Rivera y Fa. (I-12).

Tita nunca se distanció de sus raíces y regresa luego de varios años a su Puerta de Tierra, sin siquiera imaginarse lo que la vida a cambio le experimentaría. Descubre entonces una vocación oculta para expresar en la pintura aquello abstracto por un lado, pero realmente vivido en su interior. En el Centro de Puerta de Tierra, Cubano ofrecía a los envejecientes sesiones de meditación y ejercicios de yoga. Fue más o menos para esta época que conoció al maestro Sobrino y a quien le pidió la enseñara a pintar. Entre sus logros se encuentran el haber realizado en menos de dos años varias exposiciones en el Taller de Fotoperiodismo y en El Fortín de Puerta de Tierra.

A su encuentro con el maestro Carmelo Sobrino, ella expresa "Él te enseña a mirar y a ver, a oír y a escuchar, a palpar y tocar con los sentidos; a encontrar lo de afuera en ti y poder pintar..." Yo digo que, aparte de poder pintar hasta entonces, ya Lydia Cubano se había proyectado en todo lo anterior...Lo descubrí en aquel encuentro familiar que antes mencionara. Estos atributos también los acentúa al asumir la postura de impedir y comprometerse con otros para evitar que de lo poco de la naturaleza que nos queda en el área metropolitana, se intentara socavar para fines de estacionamiento en las inmediaciones entre el Parque Luis Muñoz Rivera y el Tribunal Supremo.

Su "alma gemela" no descansa pero tampoco le permite quedar ahí, sin seguir alimentándose de lo que la misma naturaleza le proporciona. Luego de varios años frente a Baja Mar, frente a ese horizonte azul que le protegía, decide volver al campo a respirar, a meditar, a orar por los suyos y a recordar.

Gracias, Tita... Sabes que en Puerta de Tierra, lo hacemos mejor.
                        

Encuentro con otra vocación
jueves, 26 de septiembre de2002
El Nuevo Día

Por Mario Alegre Barrios

A una edad cuando mucha gente no hace otra cosa que ver la vida pasar, Lydia Cubano la vive intensamente a través de su recién descubierta pasión pictórica.

Con una existencia cuyos extremos se anudan en Puerta de Tierra, Lydia debuta en el mundo de las artes plásticas con Encuentros, exposición que será huésped de la Galería Mugabi del Taller de Fotoperiodismo -también en Puerta de Tierra- a partir de mañana a las 7 p.m.

Ajena al cosmos de las telas y pigmentos hasta hace poco, Lydia volvió a Puerta de Tierra tras toda una vida para encontrar no sólo los recuerdos, sino también una vocación desconocida, descubrimiento que tuvo como faro a Carmelo Sobrino.

En Puerta de Tierra nació y se crió. De Puerta de Tierra se fue para ser madre, esposa y profesional y a Puerta de Tierra regresó hace cinco años, cuando enviudó y, de madre, se había convertido ya en abuela.

Lydia nació con una comadrona -a su madre no le dio tiempo de llegar al hospital- y estudió cosmetología y belleza. Se especializó en recortes y trabajó en lugares como el Caribe Hilton y en St. Thomas. A los 20 se casó y se mudó para Town Park, en Rio Piedras, donde vivió hasta hace unos años, cuando enviudó. Entonces se fue a vivir durante un tiempo a una finca en Canóvanas, donde a veces se quedaba dormida sobre la tierra, mirando las estrellas. Hace casi un lustro regresó a su barrio en San Juan, del que realmente nunca se sintió distante.

"Fue mientras vivía en Canóvanas cuando empecé a sentir la inquietud por pintar... miraba el mar o las nubes y pensaba que sería hermoso tener la habilidad para pintarlos", recuerda.

 Al regresar a Puerta de Tierra, Lydia se convirtió en vecina de Carmelo Sobrino. Tardó dos años en salir de Canóvanas y mudarse a San Juan, frente al mar. La espera valió la pena. "El vive en los altos. Nos conocimos y un día le pedí que me enseñara a pintar", recuerda. "Es una persona muy especial, muy dulce y con carisma. Me dijo que me enseñaba a pintar si yo le enseñaba a organizarse. Hemos cumplido el pacto. Con Carmelo no hay que sentarse a tomar apuntes... enseña de una manera muy particular. Si estamos pintando un árbol, por ejemplo, hace que me meta dentro del árbol y que sea parte de sus raíces".

No hace mucho Lydia y Carmelo "invadieron" el Parque Luis Muñoz Rivera, específicamente el pequeño bosque que iba a ser usado para hacer un estacionamiento para el Tribunal Supremo. "Luchamos mucho para impedirlo y al final lo conseguimos", acota. "Formamos un grupo de amigos del parque y estamos comprometidos en su conservación".

Con un estilo que oscila entre lo abstracto y lo figurativo, Lydia señala que -en esencia- su obra es una síntesis de las fuerzas opuestas de la naturaleza, entre el yin y el yan. "Todos andamos por el mundo en busca de nuestra alma gemela, sin saber que no está fuera, sino dentro de nosotros mismos", ilustra. "Eso es lo que busco manifestar en mis cuadros... el alma, el balance".