Biografías

Carlos Pieve Marín  
Por Bibiana Hernández Suárez
 

Aunque generaciones posteriores lo recuerdan como hípico, la veteranía y el legado del analista del béisbol y del hipismo, autor y periodista Carlos Pieve Marín, son indiscutibles. Carlos nació el 15 de enero de 1929, en nuestro barrio de Puerta de Tierra. Es ampliamente conocida su trayectoria como gerente general de varios equipos de béisbol y posteriormente como columnista de ese deporte y del quehacer hípico. Adicional a su talento profesional, Carlos también era una persona muy seria pero con muy buena memoria y mucho sentido del humor.  

José Andrés “Titito” Nieves Coímbre, quien fue cuñado de Carlos, nos indica: ”Carlos y yo nos criamos juntos, éramos vecinos, íbamos al parque a jugar béisbol. Vivíamos frente a la Mina en la Ponce de León 401, en la parada 7 al lado del Navy y la Brumbaugh. Allí estaba la General Electric frente a la Packard. Carlos nació y se crió en Puerta de Tierra porque cuando mi familia llegó de Ponce yo tenía cinco años de edad y ya los Pieve vivían allí. Su papá también se llamaba Carlos y era del barrio. Tenía una panadería y un colmado en la San Agustín. La mamá era Idalia Marín. Carlos tenía dos hermanos menores, eran Gladys y Juan Ángel. Era un muchacho curioso, inteligente, hasta inventó un juego de barajas que hubiera sido un éxito si él hubiera tenido recursos para comercializarlo. Era buena persona, amigo de todos, estudió en el Colegio. Amaba mucho a sus padres. Su tío materno, Roberto Marín, el que descubrió a Roberto Clemente, era el vendedor estrella de la Sello Rojo de Cataño. Se lo llevaba a trabajar con él y lo hizo ser un hombre de bien. Por Roberto fue que Carlos formó parte del equipo de béisbol Garaje Primo, lo que inició su interés por ese deporte. Con el tiempo Carlos y mi hermana María Teresa Preston se enamoraron y se casaron. Él ya era padre de Wilma, su hija mayor, y con mi hermana tuvo cinco hijos: Carlos, Jaime, Sonia, Roberto y Pochi. Después se divorciaron y posteriormente Carlos se casó con quien hoy es su viuda, Lucy Quiles.”

Su relación con el deporte comenzó cuando tenía catorce años y fue apoderado del  equipo Liberty de Puerta de Tierra, que actualmente sería lo que se conoce como Pequeñas Ligas. Carlos jugaba tercera base y si no lo dejaban jugar “se llevaba su guante”. Posteriormente, Carlos fue a vivir a Nueva York y continuó jugando béisbol hasta que en 1950 se lesionó un brazo, lo cual le impidió desarrollar una carrera profesional.

Regresó a Puerto Rico en 1954 y jugó Clase A, pero solamente como pasatiempo. También fue anotador, compilador y ayudante del director del torneo de la liga puertorriqueña, y nunca practicó otro deporte que no fuera el béisbol. Al terminar sus estudios universitarios, Carlos se dedicó a trabajar como contable en bancos de Nueva York hasta 1966, cuando visitó la isla por corto tiempo, el suficiente para que se envolviera por el resto de su vida con el béisbol puertorriqueño al que tanto amó.

Cada año los directivos de la liga de Puerto Rico se reunían en Nueva York para planear la temporada del béisbol, y en 1972 el dueño de los Lobos de Arecibo le ofreció el puesto de gerente general del equipo. Carlos aceptó y regresó a Puerto Rico, empezando lo que fueron cuarenta años ligado al béisbol local.

Fue gerente general de los Lobos entre 1972 y 1976, de los Cangrejeros del 1977 al 1978, y de los Indios del 1978 al 1979. Llevó a éstos últimos al campeonato, el cual fue el primero de cuatro que logró Carlos como gerente general en el béisbol. Más adelante dirigió a los Leones de Ponce, pero regresó con los Lobos porque deseaba que el equipo que le dio su primera oportunidad también intentara lograr un campeonato de liga. Este sueño de Carlos se hizo realidad en la temporada 1982-83. Fue el primer campeonato en la historia del equipo arecibeño, el cual también ganó la Serie del Caribe ese mismo año, siendo la primera de dos veces en que Carlos dirigió un equipo al campeonato a nivel caribeño. Para Carlos fue una gran satisfacción, no solamente como gerente general, sino porque el equipo se encontraba en pésimas condiciones, sin recursos. Pero Carlos logró el éxito por encima de toda adversidad, haciendo ventas, colectas y radiomaratones junto a su esposa y el equipo completo.

Uno de los más gratos recuerdos de Carlos lo fue el recibimiento que le hizo el pueblo puertorriqueño cuando el equipo campeón regresó a la isla en barco. Tanto en el muelle de San Juan, tan cerca de su barrio natal, como en Arecibo, más de diez mil personas los recibieron y continuaron en caravana hasta la plaza de dicho pueblo, donde continuó la celebración.

En los años 80 la liga dominicana de béisbol le ofreció trabajo a Carlos para acrecentar sus equipos de cuatro a seis novenas. Al regresar a Puerto Rico después de una experiencia exitosa en la República Dominicana, Carlos aceptó un ofrecimiento de empleo como columnista deportivo del periódico El Nuevo Día, debido al éxito de su polémico e impactante libro “Los genios de la insuficiencia”, el cual escribió antes de viajar a Santo Domingo, narrando a manera de crítica sus experiencias personales dentro del béisbol. Dicho libro tuvo una segunda parte que argumentaba sobre la situación por la que pasaba el hipismo del país en esos años.

A Carlos le agradó mucho ser periodista deportivo porque, además de analizar y resumir datos sobre los equipos antes de iniciarse las temporadas, lanzaba contundentes señalamientos contra los dueños de equipos y contra la liga. Sus posiciones verticales y francas contra todo aquello que Carlos consideraba nocivo para el deporte puertorriqueño, le trajo una famosa rivalidad con José Ángel (Chiro) Cangiano, apoderado de los Leones de Ponce en esos años y principal opositor de la participación de los Lobos en la temporada 1981-82. Dicha enemistad se resolvió cuando Carlos, aún sabiendo que podía ser despedido de su trabajo,  “retó a duelo” a Chiro en la oficina de El Nuevo Día, por lo cual el dueño del periódico le llamó la atención amable pero firmemente. Al final, Carlos le preguntó a Chiro si iba a venir o no, y terminaron riéndose. Carlos también fue comentarista radial y televisivo.

Entre el 2002 y el 2007 Carlos volvió a ser gerente de los Indios, ganando dos campeonatos más en el 2002-03 y 2004-05. Lamentablemente en el 2007 sufrió un derrame que afectó su habla, aunque no su mente, pero causó su retiro profesional. Aunque debió enfrentar problemas de salud, Carlos se mantenía al tanto del quehacer deportivo y nunca dejó de creer que la liga invernal puertorriqueña podía ser renovada.

Uno de los portaterrenses más queridos y conocidos, vivió sus últimos años en Carolina. Murió el 5 de enero de 2019, a diez días de cumplir noventa años. Carlos Pieve, orgullo y honra de nuestro barrio, pidió que sus restos fueran llevados a la iglesia San Agustín de Puerta de Tierra previo a recibir cristiana sepultura.