No
resulta fácil el recopilar datos históricos, a manera de semblanza, de
figuras que fueron parte de nuestro quehacer cultural y que todavía
rastros de sus huellas nos permiten retroceder y revivir tiempos
pasados. Contaba yo con
apenas 18 años cuando fallece Don Juan Antonio Rosado en nuestro barrio
de Puerta de Tierra, dueño del taller de pintura comercial conocido
como “Rosado Art Sign Shop”.
Es de todos conocido que más que un pintor comercial, por su
vocación artística, fue uno de los primeros artesanos nuestros.
Sí
recuerdo en mi memoria la figura de su hija Cielito para aquellos tiempos,
pues era muy amiga de Luz
Virginia Acevedo, hermana de crianza de mi padre y que vivía en la Parada
5, inmediatamente al negocio de Chencha.
Por la forma en que Cielito describe el taller y sus alrededores,
me permite hacer un recorrido y ubicarme en ese entorno tan particular:
su casa era un taller de pintura, una galería, una escuela,
un museo, un salón de reuniones literarias, un salón de ensayos de piano,
canto, violín, guitarra y otros instrumentos.
Por estar inmediato al Teatro Eureka,
hoy la Funeraria San Agustín, sirvió de camerino para los artistas que
se presentaban en el teatro, para los que participaban en los desfiles
de carnaval y las carrozas que su padre también decoraba y hasta para
aquellos que participaban de la procesión del Viernes Santo.
Recuerdo que las puertas siempre estaban abiertas y cuando uno
salía del colegio de regreso a la casa por la parada 5, la vista siempre
se inclinaba hacia ese “altar”.
Era una casa ancha, de madera con balcón y se extendía por el
ala sur de la avenida Ponce de León.
Nos cuenta Cielito para recrearnos que la casa era una invitación para
todo el que pasara de frente: al
que esperaba la guagua que venía de San Juan, al cartero que tenía sed, al policía, al limosnero (ahora les decimos deambulantes), a los propios clientes que entraban y salían y hasta los cafeteros.... Otros veían en Rosado una buena pala política, quizás por sus contactos, un buen maestro. Su casa era punto de atracción para toda la clase artística incluyendo poetas, escultores, actores, bailarines y locutores.
( Isabelo Rivera,Hijo)
Siempre aportó obra suya a las colectivas celebradas localmente en su tiempo. También participo en exposiciones y certámenes extranjeros. Obtuvo el Primer Premio en la 3ra. Bienal Hispanoamericana de Barcelona en 1956 y una Medalla de Honor en el Rockefeller Center de Nueva York. Juan Antonio Rosado procedía de
las capas desheredadas de nuestro pueblo. Y aunque pudo cursar grados de
escuela secundaria, tuvo que ganarse el sustento desde adolescente. Como
pronto se dio a conocer como excelente rotulista, tal parece que siempre
se le tomó en el mundo del arte como artista inculto, aficionado,
primitivo, a pesar de que pocos pintores puertorriqueños se han
entregado a su oficio con mayor deificación que él, aun robándole horas
al sueño y al trabajo remunerado. Los cuadros que pintó son
numerosísimos y cualitativamente desiguales. Incuestionablemente, muchos
de ellos no le acreditan como pintor de primera línea. Sin embargo,
separada la paja del grano, quedan suficientes lienzos para ganarle un
lugar prominente en el arte pictórico boricua de la primera mitad del
siglo, junto a Miguel Pou, Ramón Frade y Oscar Colón Delgado. De todos
ellos, aunque medrosamente, fue el más audaz, el mas aventurero, el mas
buceador. Durante la década de los treinta utiliza profusamente la
técnica de pintar a espátula, aprendida de su maestro Díaz Mackenna. El
pequeño oleo Mar bravo, además de Árboles y Casa, Casa con dos escaleras
y Camino de Cataño, pertenecen todos a esa década.
Rosado
se caracterizó por su humildad pero también por su sentido del humor.
No obstante, al momento necesario, su carácter fuerte salía a
relucir para poder exigir las cosas como se tenían que hacer.
El Instituto de Cultura Puertorriqueña le dedicó dos exposiciones, Una
en 1980, dos años antes de su muerte, y la otra póstuma, en 1986. En
ambas se detecta al paisajista de garra que por ello se coloca entre los
Pou, Colón Delgado y Frade, sus más distinguidos contemporáneos.
Al momento de su fallecimiento en el año 1962 el Instituto de
Cultura hizo la gestión para conseguir un espacio en el Cementerio de
San Juan,
Cementerio de Santa María
de Pazzis.
El Mundo, 31 de marzo de1956. El Nuevo Día, 2
de septiembre de 1992
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