JUAN ANTONIO ROSADO, el pintor de Puerta de Tierra

(1891-1962)  


No resulta fácil el recopilar datos históricos, a manera de semblanza, de figuras que fueron parte de nuestro quehacer cultural y que todavía rastros de sus huellas nos permiten retroceder y revivir tiempos pasados.  Contaba yo con apenas 18 años cuando fallece Don Juan Antonio Rosado en nuestro barrio de Puerta de Tierra, dueño del taller de pintura comercial conocido como “Rosado Art Sign Shop”.  Es de todos conocido que más que un pintor comercial, por su vocación artística, fue uno de los primeros artesanos nuestros. 

Había mostrado interés en la pintura desde su cruenta adolescencia. Y en ese giro, dos artistas han de darle orientación para su vida futura. Uno, el pintor cubano Nicolás Pinilla, quien le adiestra en los gajes de la decoración comercial y los rótulos, y el otro, el maestro Fernando Díaz Mackenna, quien le admite como alumno en sus clases de arte. Una de sus hijas expresó que durante esos primeros años, su padre fue prácticamente un pintor ambulante pues tenía que salir con sus pinceles y demás materiales para poder encontrar trabajo.  Hasta su muerte en 1962 dicho taller constituyó la fuente de subsistencia que le permitió llevar una vida familiar aún así marcada por las limitaciones de la época.   No obstante, también se caracterizó por su afanosa laboriosidad y creatividad. En este taller se preparaba todo tipo de rótulos para anuncios comerciales; también se construían las carrozas del carnaval, y fue donde nació el famoso caballo de cartón - piedra usado en las paradas cívicas y militares. Si se trataba del cuatro de julio, el caballo era para Washington y lo pintaba de blanco; si era para el Carnaval, era para Ponce de León y el equino cambiaba a gris moteado. Dirían los muchachos del taller, que Rosado le había sacado más dinero a ese caballo que los aficionados del hipismo a Camarero.

Sí recuerdo en mi memoria la figura de su hija Cielito para aquellos tiempos,  pues era muy amiga de Luz Virginia Acevedo, hermana de crianza de mi padre y que vivía en la Parada 5, inmediatamente al negocio de Chencha.  Por la forma en que Cielito describe el taller y sus alrededores, me permite hacer un recorrido y ubicarme en ese entorno tan particular:  su casa era un taller de pintura, una galería, una escuela, un museo, un salón de reuniones literarias, un salón de ensayos de piano, canto, violín, guitarra y otros instrumentos.  Por estar inmediato al Teatro Eureka, hoy la Funeraria San Agustín, sirvió de camerino para los artistas que se presentaban en el teatro, para los que participaban en los desfiles de carnaval y las carrozas que su padre también decoraba y hasta para aquellos que participaban de la procesión del Viernes Santo.  Recuerdo que las puertas siempre estaban abiertas y cuando uno salía del colegio de regreso a la casa por la parada 5, la vista siempre se inclinaba hacia ese “altar”.  Era una casa ancha, de madera con balcón y se extendía por el ala sur de la avenida Ponce de León.   

Nos cuenta Cielito para recrearnos que la casa era una invitación para todo el que pasara de frente: al que esperaba la guagua que venía de San Juan, al cartero que tenía sed, al policía, al limosnero (ahora les decimos deambulantes), a los propios clientes que entraban y salían y hasta los cafeteros.... Otros veían en Rosado una buena pala política, quizás por sus contactos, un buen maestro. Su casa era punto de atracción para toda la clase artística incluyendo poetas, escultores, actores, bailarines y locutores. ( Isabelo Rivera,Hijo)


Antonio Maldonado, Rafael Tufiño y otros
pintando rótulos en el taller de Rosado.

Juan A. Rosado nació en el pueblo de Toa Alta el día 14 de diciembre de 1891. A la edad de siete años se trasladó con sus padres a San Juan. Su padre como revendón tenía un puesto en la Plaza del Mercado de San Juan; pero al morir prematuramente es Rosado quien se encarga de mantener a sus hermanos y su madre haciendo trabajo de carpintería. Realizó sus primeros estudios en la Escuela Lincoln y se graduó en la Escuela Superior Central de Santurce.

Sus primeras lecciones de pintura las recibió en 1908 del pintor cubano radicado en Puerto Rico Nicolás Pinilla, cuando tiene diecisiete años de edad, y colabora junto a él en la decoración del Teatro de Yabucoa. Por este tiempo frecuenta las clases de Francisco Oller, y posteriormente (1913), va a las de Fernando Díaz McKenna. Pasado los años, a la altura de 1935, toma clases con Alejandro Sánchez Felipe. Con motivo de la exposición de alumnos de McKenna en 1918, Martínez Plée comenta que "la mano más vigorosa de todo el grupo es la del Sr. Juan Rosado, que se complace en retratar la pintoresca ranchería de los suburbios...". Pero será dos años más tarde cuando ocurra su primera participación verdaderamente importante en un exposición local. En la Feria Insular de 1920, presenta treinta y un cuadros entre pequeños y grandes. En esta exposición exhibe Bahía de San Antonio, Paisaje de la Perla, una copia del EstebaniUo. de Velázquez y un biombo "con vistosos electos de luz sobre árboles, ílores y aguas marinas . También un Retrato de Muñoz Rivera, de cuerpo entero, copia muv ampliada de un original de Díaz McKenna.  Fue laureado con la Medalla de Oro en el Concurso Anual de Bellas Artes  celebrado por el ateneo de Puerto Rico en el 1924. En la así llamada "Tercera Exposición de Arte Puertorriqueño" que tiene lugar en la Universidad de Puerto Rico en la semana del 10 al 17 de diciembre de 1933, exhibe tres obras que le valen una Mención: Decepción, Viejo pescador y Capilla del Cristo. 

Juan Antonio Rosado, contrajo matrimonio con María Hortensia Rodríguez, hija del pueblo de Lares, pueblo que dio a la historia patria aquel puntero de libertad que se llamó Manolo el Leñero. Las nupcias fueron en 1922. De este feliz matrimonio nacieron diez hijos: 7 mujeres y tres varones. Hay un hijo que lleva el mismo nombre de su padre, Juan Antonio, un gran compositor.  Otra hija del pintor, María Hortensia, se convirtió en una afamada diseñadora de trajes. Rosado abrió en 1922 junto a Pinilla un taller de pintura y rótulos comerciales en Puerta de Tierra. Este constituyó hasta su muerte su principal fuente de subsistencia. Siendo un taller de pintura comercial, la actividad creadora en el mismo nunca faltó. Durante ese tiempo fue cuando Rosado produjo su mejor obra. Don José S. Alegría nos dice que, durante la época de su taller. Juan A. Rosado se dedicó "a pintar anuncios para vivir y paisajes de su tierra para soñar".  Juan A. Rosado vive los momentos difíciles de las primeras décadas del siglo, y su queja que lanza desde la imprenta en 1933, es un documento válido. Dice: "Los pintores puertorriqueños merecemos coronas de laureles por la lucha tan fuerte que tenemos que librar para defendernos del ataque traicionero del hambre. El tratar de vivir del arte de la pintura aquí en Puerto Rico, es un suicidio o un atentado a nuestras vidas...".

Es posible que no se haya subrayado lo suficiente la importancia del taller de Rosado en el desarrollo de las artes plásticas del país. En la fase comercial nadie puede negarle supremacía porque de él siempre salieron bien diseñados letreros y decoraciones y carrozas carnavalescas que merecieron numerosos premios y reconocimientos. Tampoco como cenáculo o centro de reunión de gente de arte, de letras y de política; allí era frecuente la presencia de Diplo, Graciela Rivera, Kachiro Figueroa, Madeline Willemsen, Bobby Capo, Rafael Hernández, Mapy y Fernando Cortés; de colegas suyos como Miguel Pou, Ramón Frade, Colón Delgado, Fran Cervoni y de artistas visitantes del exterior como Cantinflas, Pedro Vargas, Libertad Lamarque...

Pero lo que liga indisolublemente a Juan Antonio Rosado a la historia de nuestras artes plásticas es, además de su propio trabajo, su intervención directa en el desenvolvimiento de personalidades que, entre otras, protagonizan a partir de la segunda mitad del siglo el movimiento renovador de nuestra pintura. Allí de la mano del maestro se desarrollaron en dibujo y caligrafía, pintura al óleo y pintura al natural. Antonio Maldonado realiza estudios superiores en la Academia San Carlos de Mexico y encuentra que fue muy poco lo que tuvo que aprender en estas materias debido a los conocimientos que ya había adquirido de parte de Juan A. Rosado en su taller de pintura comercial.

Rafael Tufiño fue otro de nuestros grandes artistas que desarrolló su vocación en el taller del maestro Rosado. Ingresó como aprendiz en el 1937 a los catorce años y allí se mantuvo hasta el 1943 cuando ingresó al ejército de los Estados Unidos para la segunda guerra mundial. Años mas tarde vive la misma experiencia de Antonio Maldonado al ingresar a la academia San Carlos de Mexico... ya dominaba una serie de técnicas aprendidas junto a Juan A. Rosado en su taller.

Carlos Raquel Rivera, por mediación de los anteriores, comienza a trabajar en el taller en 1950. Anteriormente había estudiado pintura durante dos años en la Academia de Edna Coll adquiriendo plena formación artística, pero al comenzar a laborar con Juan A. Rosado se dió cuenta de cuanto más le faltaba por aprender. 

Siempre aportó obra suya a las colectivas celebradas localmente en su tiempo. También participo en exposiciones y certámenes extranjeros. Obtuvo el Primer Premio en la 3ra. Bienal Hispanoamericana de Barcelona en 1956 y una Medalla de Honor en el Rockefeller Center de Nueva York.

Juan Antonio Rosado procedía de las capas desheredadas de nuestro pueblo. Y aunque pudo cursar grados de escuela secundaria, tuvo que ganarse el sustento desde adolescente. Como pronto se dio a conocer como excelente rotulista, tal parece que siempre se le tomó en el mundo del arte como artista inculto, aficionado, primitivo, a pesar de que pocos pintores puertorriqueños se han entregado a su oficio con mayor deificación que él, aun robándole horas al sueño y al trabajo remunerado. Los cuadros que pintó son numerosísimos y cualitativamente desiguales. Incuestionablemente, muchos de ellos no le acreditan como pintor de primera línea. Sin embargo, separada la paja del grano, quedan suficientes lienzos para ganarle un lugar prominente en el arte pictórico boricua de la primera mitad del siglo, junto a Miguel Pou, Ramón Frade y Oscar Colón Delgado. De todos ellos, aunque medrosamente, fue el más audaz, el mas aventurero, el mas buceador. Durante la década de los treinta utiliza profusamente la técnica de pintar a espátula, aprendida de su maestro Díaz Mackenna. El pequeño oleo Mar bravo, además de Árboles y Casa, Casa con dos escaleras y Camino de Cataño, pertenecen todos a esa década.

 

Según afirma Edgardo Rodríguez Juliá, Juan Rosado logró un arte de gran interés. Sus lienzos La Espera y Desesperación subrayan su visión del arte como testimonio social a la vez que sitúan la pintura puertorriqueña —¡esos cielos balcón afuera en La Espera — en la específica luz cremosa -luz norte— de ese barrio proletario: Son mujeres sufridas, que esperan, como la mujer de Tufiño en Allende de los mares; pero sin el consuelo de una criatura. Lo sugerido en estos cuadros es el machismo, lo presente es cierta abnegación en el sufrimiento de la mujer que espera, no sabemos a quién, suponemos, con algo de fantasía, que a ese varón de una clase social superior. Están vestidas, con sus trajes largo chanel ceñidos a la figura, en el tránsito entre la barra nocturna y la oficina gubernamental, son, en todo caso, mujeres urbanas, de la ciudad ya que no de la vida. Y hay cierto hembrismo insinuado en esas poses sólo pacientes a primera vista, porque son mujeres, como su barrio, en una dificultosa transición entre las expectativas y el desconsuelo de saberse atrapadas.
 

Rosado se caracterizó por su humildad pero también por su sentido del humor.  No obstante, al momento necesario, su carácter fuerte salía a relucir para poder exigir las cosas como se tenían que hacer.  Residió durante toda su vida en Puerta de Tierra, en la parada cinco. El pintor Rosado era además aficionado a la música, gustándole la mandolina para expresaar sus composiciones originales, generalmente pasodobles españoles que interpretaba con maestría.  En el 1927 fue miembro de la Directiva del Ateneo Puertorriqueño, ocupando la posición de vice presidente en la Sección de Bellas Artes. El Instituto de Cultura Puertorriqueña le dedicó dos exposiciones, Una en 1980, dos años antes de su muerte, y la otra póstuma, en 1986. En ambas se detecta al paisajista de garra que por ello se coloca entre los Pou, Colón Delgado y Frade, sus más distinguidos contemporáneos.  Su esposa, doña María Hortencia Rodríguez, compañera abnegada y madre de 10 hijos del pintor , le estuvo acompañando hasta el último instante. Al momento de su fallecimiento el 2 de septiembre de 1962 el Instituto de Cultura hizo la gestión para conseguir un espacio en el Cementerio de San Juan, Cementerio de Santa María de Pazzis.

Colaboración: Giancarlo Paoli Rosado  
Recopilación:  Isabelo Rivera, Hijo  
                               Johnny Torres

 Bibliografía: 
-
Catálogo-Exposición Homenaje Juan A. Rosado auspiciada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña,
 1960.
-Gran Enciclopedia de Puerto Rico.
-San Juan Ciudad Soñada. Edgardo Rodríguez Juliá.
-El Imparcial, sábado 5 de julio de 1924.
-La Linterna, diciembre 26 de 1925
-Puerto Rico Ilustrado, enero 1927.
-El Mundo, 31 de marzo de1956.
-Todo, jueves 5 de marzo de 1986.
-Claridad, 2 al 8 de mayo de 1986.
-El Vocero, 11 de mato de 1987
-El Nuevo Día, 9 de febrero de 1992.

-El Nuevo Día, 2 de septiembre de 1993.
-Escenario, 14 de septiembre de 2002.