Wenceslao “Wence” Morales


Wenceslao Morales

Una vida por "la foto"

15 de octubre de 2012

Por Tatiana Pérez Rivera/El Nuevo Día

El Viejo San Juan de Wence tenía calles sin nombre. Bueno, nombre tenían pero para él eran “la caja de fósforo”, “la cochera” o “los zaguanes” que, por ejemplo, es la calle San José.

Los edificios históricos con siglos a cuestas eran sus vecinos, jugaba softball en el patio del terreno contiguo al cementerio María Magdalena Pazzis. Allí trabajaba su papá como guardián y cuando caía el sol llegaba su Wence a bañarse en el chorrito de agua que soltaba la pluma junto al arco del cementerio.

“No había agua en el Viejo San Juan para esa época, me crié jugando por ahí y regresaba a dormir a La Perla, que fue donde nací. Era más tranquilo y más poblado ese Viejo San Juan. Yo me conozco todas sus calles”, recuerda con su sonrisa fácil esas décadas del treinta y cuarenta del siglo pasado en la que nació Wenceslao “Wence” Morales, específicamente en el 1934.

Hace poco cumplió 78 años. De ellos, ha dedicado 57 a una profesión que le ha convertido en cronista de la vida cultural institucional de nuestra Isla. Este Wence Morales es el mismo Wence que conocen todos los directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña -comenzando con Ricardo Alegría-, cuyo potencial identificó la célebre alcaldesa Felisa Rincón de Gautier y quien trabajó con figuras cimeras del entorno cultural como fueron Francisco Arriví o Héctor Campos Parsi.

“Me casé en el 1958 con Aida Luz Santiago, Tita, y me fui a vivir en la San Sebastián 105. Ahí nació en el 1959 mi primer hijo, Miguel. Cuando lo iban a cerrar (el edificio), doña Fela habló para que me consiguieran en el residencial Puerta de Tierra y llevo 53 años en la misma esquina”, relata el padre de Miguel, Aida Luz, Wiki y Héctor Luis, el abuelo de siete nietos y tres bisnietos.

Ya pronunció el nombre clave: doña Fela. En su alcaldía sanjuanera se inició, hace 60 años, en el servicio público. “Con doña Fela estuve 16 años”, indica.

Luego de trabajar como mensajero, oficinista y en el almacén de materiales, un cuñado de doña Fela, Alberto Saldaña, lo recomendó y la alcaldesa lo envió a los laboratorios a aprender un nuevo oficio: fotógrafo.

“El que estaba se había ido al Departamento de Salud, así que empecé a aprender. Allí me enseñó José Feliciano y, como a uno le da la fiebre, no salía del laboratorio o estaba afuera practicando todo el tiempo”, comenta.

Su nuevo juguete era una cámara Speed Graphic con bombilla número cinco y el negativo era 4x5. En la casa aún conserva “las piñas 12 y 12 para guardar negativos”.

Primeras piedras

Wence capturó la colocación de la primera piedra de muchas estructuras e iniciativas emblemáticas en la época.

“Retraté la primera piedra cuando el Hospital Municipal se mudó al Centro Médico, la de la plaza del mercado de Río Piedras, todos los asfaltos que estaban tirando en Caimito y en Tortugo. Pero mi primera foto fue a Ernesto Ramos Antonini tocando el piano en la terraza de la alcaldía”, detalla sobre el instante.

A Robert Kennedy lo recuerda trepado sobre un Volkswagen hablándole a universitarios en San Germán. Conoce los gestos públicos “de todos los gobernadores, desde Muñoz (Marín) pa’lante”.

“Doña Fela era bien buena, no era presumida y el chofer no podía mover el carro hasta que ella no atendiera la última persona que se acercaba. Le decían: ‘Doña Fela zapatos, doña Fela comida’. A nosotros siempre nos decía, cuando la íbamos a retratar: ‘Tíralo bien, tíralo bien’. Lo decía por decirlo”, relata con el gusto de traer de vuelta una memoria.

Una mujer interrumpe el diálogo. Trabaja en el Instituto de Cultura Puertorriqueña, la casa de Wence desde el 1969. Besos y abrazos culminan con una advertencia, “trátamelo bien”.

“Me quieren mucho aquí”, dice tras despedir a su admiradora.

La escena se repite. Allí Wence es una institución.

El secreto para trabajar con los directores ejecutivos de todas las administraciones políticas de la agencia gubernamental lo tiene Wence.

“Solo tienes que hacer tu trabajo, nunca digo ‘no’ o ‘eso no me toca a mí’ o me escondo para no hacerlo. Al contrario, yo busco la foto. Voy por las oficinas preguntando qué tienen porque a mí me gusta mi trabajo. Hoy uno está en un lado y mañana puede estar en otro”, declara el fotógrafo que retrataba la colección de afiches de su exjefe y eterno amigo, don Ricardo (Alegría), días antes de este fallecer.

“La última foto que le tiré fue en el sofá viendo televisión”, explica.

Cuenta que Francisco Arriví le pedía que retratara ensayos teatrales en el Tapia.

“Pero las funciones era mejor retratarlas el domingo, porque los actores ya estaban más sueltos”, dice sobre la caracterización, y agrega que ha entrenado el ojo para identificar buenos actores: “digo, ‘ese va a ser bueno, porque se suelta’”.

De Campos Parsi recuerda cuando le envió a retratar un concierto de Luis A. Ferré y Jesús María Sanromá en el teatrito Lucy Boscana.

“Aquello se llenó tanto que ellos salieron y le prometieron a la gente que se quedó afuera que repetirían el concierto de piano. La gente esperó por ellos largo rato”, asegura.

Se ha caído, cómo no, en pleno ejercicio de su oficio.

“Una vez fue con doña Fela en la Plaza de Río Piedras, había llovido mucho y me caí encima de unos paneles de madera. El rollo no se dañó, pero la cámara hubo que mandarla a arreglar. La segunda vez fue hace poco en Bellas Artes, durante el homenaje a Roberto Angleró. Un lente salió volando para un lado y la cámara para el otro”, cuenta, y se ríe el ileso sobreviviente de ambos episodios.

El formato digital tuvo que aprender a manejarlo “a la cañona”. No le cogió miedo, después de todo significaba usar nuevos juguetes: dos cámaras Nikon y una Cannon.

“Fui a la Escuela de Artes Plásticas a coger unos cursos y aprendí un poco. Después me compré una máquina pequeña para quemar los discos digitales”, habla con propiedad sobre la nueva tecnología.

Los archiveros le rindieron homenaje hace un año en el Archivo General. “Cuando llegué les dije: ‘¿Pero por qué a mí, si yo no soy archivero?’, y me dijeron: ‘Porque muchas de las fotos que hay aquí son tuyas’ ”.

Así entendió el homenaje. Lo que no resulta comprensible es que nadie en su prole se haya interesado en la fotografía; ni porque lo acompañaron a fotografiar eventos ni porque crecieron viéndolo revelar fotos.

“Ninguno, ninguno”, lamenta. “Y te digo, la fotografía me abrió muchas puertas y he conocido muchas personas”.

Esa es la fotografía, su otra compañera de vida.