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Una de las más notables ocurrencias del año 1598 fue la décima y última expedición particular de George Clifford, el famoso marino y aventurero Conde de Cumberland, contra los españoles. El padre había sido elevado a la dignidad de Conde en 1525, por Enrique VIII, y fue el primer súbdito inglés que construyó un buque de 800 toneladas, buque que luego empleó en muchas acciones contra los españoles, particularmente en los mares de las Antillas.
La expedición de Lord Cumberland en 1598 fue la mejor provista y la más formidable que hasta entonces los ingleses habían lanzado a los mares. Muchos de los buques de la flota eran suyos, equipados por completo con su peculio particular, sin ayuda alguna de la Reina.
Incluyendo un navío llamado “The Old Frigate'’, y dos barcazas para desembarcar tropas, el armamento se com ponía de veinte velas. El buque capitana, “The Scource of Malice”, era mandado por el Conde en persona, como almirante; el “ Merchat-Royal’ estaba a las órdenes de Sir John Barkeley, como Vive-almirante y teniente general. " Había además una noble partida de comandantes y otros caballeros para el servicio en tierra”.
El 23 de mayo la flota dejó a la Dominica e islas Vírgenes, donde el Conde estuvo durante un mes. Desem barcó allí, revistó su gente y les anunció que su deseo era tomar a San Juan de Puerto Bico, en cuyo ataque había fracasado Drake recientemente: la noticia fue recibida con Víctores.
El 6 de junio avistó esta isla, que es la más al este de las Grandes Antillas, y su plan de ataque fue diferente al de Drake. Desembarcó 1000 hombres a considerable distancia de la ciudad, y, apoderándose de un negro “que estaba medio muerto del susto”, le tomó como guía, y marchó hacia aquella. El Conde y Sir John Barkeley estaban con armadura completa. Su camino fue por entre las rocas hasta que llegaron a un brazo de mar, de un tiro de mosquete de ancho, que los separaba de la ciudad, y en dónde se expusieron al fuego de un fuerte.
Al lado opuesto, en una colina, se levantaba San Juan, en una isleta, o mejor, un itsmo, como de una legua de longitud, “bien construida, limpia y fuerte, según el sistema español. Tenía algunas calles largas, era mayor que Portsmouth, más agradable a la vista, con un buen monasterio y una catedral; pero lo que quitaba belleza al conjunto era la falta de cristales, pues solo había celocías de hierro o madera en las ventanas.” (Atlas Geoico, Londres, 1717). Su puerto era considerado por los españoles como la llave de Sur América.
La gente de Cumberland carecía de botes para cruzar el pequeño estrecho, y durante algún rato él, y sus capita nes estuvieron perplejos, hasta que se descubrió una comunicación entre la ciudad y la isla grande, por un estrecho camino que llevaba a un puente que había más allá de este puente se levantaba una barricada, y más alto estaba el fuerte, desde donde los españoles barrían el puente con metralla y fusilería. El camino era tan difícil de transitarlo que los ingleses prefirieron vadear el brazo de mar.
Una noche muy obscura siguió a aquel caluroso y brillante día, y en ella se resolvió el ataque, “y aunque el Conde fue retirado enfermo, por haber caído en el mar, donde el peso y el estorbo de la armadura por poco le hacen ahogar”, sus soldados emprendieron el ataque con vigor, pasaron por debajo del puente, con el agua hasta el pecho y asaltaron la puerta de la barricada hacha en mano; pero fue tan enérgica la resistencia de los españoles, y tan pesado su fuego sobre los ingleses, qe éstos se vieron com pelidos a combatir en el agua y a retirarse.
El siguiente ataque obtuvo mejor éxito: circuló el rumor de que había minas de oro en las rocas del islote, y que entre la arena se encontraban pepitas de oro puro; así pues, los hombres de Cumberland avanzaron con ardor inusitado. Mientras una fuerza de mosqueteros, desde las rugosidades de la roca, apuntaba y hacía blanco en los armeros españoles, otro destacamentó de mosqueteros y cadetes desembarcaba por otro lado, entre la distancia que hay del puente a la ciudad. Viéndose cortada en su retirada, la guarnición del fuerte, después de una defensa terrible, lo abandonó y se retiró a la ciudad, la que también pronto abandonaron.
El “Morro”, que era un sitio de gran poder, así como el otro castillo que está en la parte occidental de la ciu- lad, (1) y otro fuerte que existe entre él y el “Morro”, todos uno a uno se rindieron al Conde, que se encontró pronto en tranquilo dominio de la plaza.
Resolvió entonces Cumberland retenerla, para aumentar sus fortificaciones, y hacer de ella un punto de parada para las flotas en su crucero contra los españoles, que entonces eran, como los escoceses lo habían sido por siglos enteros, los naturales enemigos de Inglaterra. Este plan había merecido la aprobación de sus compañeros, y se empezaron a hacer las inscripciones de los que voluntariamente se quedaban como núcleo de la nueva colonia inglesa. Para completar su plan, el Conde dispuso que todos los españoles que residían en la isla se retirasen a vivir a otras, a pesar de las ofertas de dinero y oro y plata que les hicieron para que les permitiera quedarse. Pero una desgracia imprevista se presentó; en la forma de una epidemia mortífera que diezmó la fuerza. De 1000 hombres que desembarcaron Camden registra 700 muertos, sin contar entre ellos ningún muerto por los españoles. Esta mortandad amedrentó de tal modo a los supervivientes que aguardaban sufrir igual destino que sus compañeros resolvieron abandonar la isla lo más pronto posible. El Conde todavía quería sacar algún partido de los españoles por el rescate. Ellos pretextaron que oían las proposiciones, y ses cruzaron varios mensajes; pero las negociaciones las siguieron tan lentamente que el Conde, después de algún tiempo llegó a descubrir que lo que se buscaba era que e tiempo pasaran pasara para que la epidemia debilitara aún más a los ingleses; y llegó a sospechar que se proyectaba alguna traición.
Mientras se conducían las negociaciones, llegó al puerto de San Juan, una carabela desde Margarita, isla de Venezuela, en el mar Caribe, conduciendo pasajeros para España; y estos quedaron sorprendidos al encontrar la isla de Puerto Rico en poder de los inglese. En la carabela el Conde halló piezas por valor de mil ducados; y sabiendo por la tripulación que el corral de pesca de perlas de Margarita estaba débilmente guarnecido, envió tres buques de su flota para que se apoderasen de él.
En la pesca de perlas, los españoles empleaban gran número de negros de Guinea; y Lait consigna que obligaban estos esclavos a tareas muy duras, que muchos de estos se suicidaban por la desesperación, mientras otros perecían ahogados o víctimas de los tiburones. Pero, aunque era hermosa la perspectiva de la isla Margarita, los buques del Conde viéronse contrariados por vientos adversos, y él entonces se convenció más de que los -españoles de la isla capturada intentaban algún plan salvaje de matanza, y salió de Puerto Rico con menos de la mitad de su flota, a buscar fortuna por otra parte y dejando a Sir John Barkeley, con la otra mitad de las fuerzas y con poderes amplios para sustituirle en su ausencia.
La separación se verificó el 14 de i Agosto. El Conde esperaba llegar a tiempo para interceptar la flota que de México iba para la Metrópoli o capturar alguno de los convoyes de las Antillas, cerca de las Azores; pero llegó a estas islas muy tarde, felizmente para él, pues a los pocos días antes de su llegada a Flores (-2) se hallaban allí nada menos que veinte y nueve buques de guerra españoles. No hay noticia , segura acerca del tiempo que Barkeley permaneció en Puerto Rico, ni de lo que trató con los colonos; pero después de una terrible tormenta, en que fueron destruidos casi todos los buques, la flota se reunió en Flores y regresó a Inglaterra en el mes de octubre. El Conde tuvo en su poder a Puerto Rico durante cuarenta días; y en tan corto período reunió y compró grandes cantidades de cuero, jenjibre y azúcar; tomó ochenta cañones, bastantes municiones, las Campanas de las iglesías, y miles de ducados en perlas. Se infiere que el Conde reunió, saqueando, gran cantidad de oro en barras. En la tormenta de Puerto Rico perdió solamente sesenta hombres; pero cuarenta se ahogaron, en “The Old Frigate”, a consecuencia de la tormenta cerca de “Ushant.”
(1) Santa Catalina, que entonces era una fortaleza artillada con 24 cañones.
El otro fuerte era la Batería de Santa Elena.—C. y T.
(2) La más occidental de las islas Azores. Tiene dos y media leguas de largo y cuatro de superficie. Montuosa, fértil y cruzada de pequeños ríos. —Las Azores, que son nueve, Santa María, San Miguel, Terceira, Graciosa, San Jorge, Pico, Fayal, Flores y Carvo, pertenecen a Portugal.—C. y T.
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