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En más de una ocasión, como Consta en mi libro de recortes, he tenido que alzar mi voz de protesta contra las aseveraciones de los llamados Misioneros Protestantes, por su manera de describir las condiciones en que, según ellos se encontraba Puerto Rico cada vez que necesitaban recolectar dinero en las iglesias de la ciudad de Schenectady, Estado de New York, donde hace varios años resido. Para contrarrestar la opinión que de nosotros los puertorriqueños tienen los Norteamericanos, con bastante frecuencia y contando con la amabilidad de los directores de los periódicos de la antedicha ciudad, escribo artículos ensalzando a este mi país, describiendo sus adelantos y progresos.
Hoy, con gran pesar mío tengo que delatar al Rdo. Padre John A. Lynch, sacerdote católico de la Iglesia de Mayaguez, quien -según el SCHENECTADY GARETTE Y SCHENECTADY UNION STAR, de fecha 6 de Octubre, que acabo de recibir y tengo a la vista, ha estado pidiendo fondos en la Iglesia Saint John de dicha ciudad para reconstruir las iglesias, asilos, escuetas, hospitales etc., que fueron derrumbados por el terremoto del año pasado. He aquí, traducido al castellano, algunos párrafos de los artículos en ambos periódicos:
"Hace 16 años, el Papa León XIII pidió sacerdotes Redentoristas que quisieran ir a Puerto Rico a establecer misiones para los salvajes. Los primeros cuatro voluntarios eran sacerdotes de la casa de los Redentoristas de Saratoga.
"Cuando el Padre Lynch fue a Puerto Rico, el país era poco más o menos una manigua. Después de 16 años de trabajo activo, el Padre Lynch pudo construir cinco escuelas de cemento, cuatro de las cuales están escondidas en las montañas. La primera escuela se estableció cerca de la Playa de Mayaguez. En esa primera institución el Padre Lynch educó las profesoras que se harían cargo de las escuelas en las montañas.
"El Padre Lynch indicó que él nunca había visto automóviles "Pierce Arrow" en la isla, pero que el caballo era su aeroplano. El modo corriente de viajar en las montañas es a caballo. Los curas no poseían uno solo, y el Padre Lynch contó como una noche un nativo vino a la casa de los curas rogándoles que fueran a ver un enfermo al otro lado de la montaña. El hombre dijo que había traído un caballo para que montase el cura. "Ustedes debían haber visto ese caballo", dijo el Padre Lynch. "Se parecía a una chiva". Al fin se compró un calilo por $30.OO y en el primer viaje, el animal se cayó con el cura que lo montaba. "Supongo que el caballo está allí todavía", dijo el Padre Lynch.
"En Puerto Rico cuando se bautiza a los niños, los padres nunca ofrecen dinero, como es costumbre en los Estados Unidos. En vez de esto, le permiten al cura besar al niño. Después de
dieciséis años de estar bautizando en la isla, el Padre Lynch declara que está cansado de besar nenes.
"El año pasado el Padre Lynch casó a 540 parejas. Las niñas se casan a los 16 y los hombres a los 18 años, empezando la vida debajo de
una mata de guineos.
"Los Redentoristas han realizado más trabajo en diecisiete años que los curas españoles en cuatrocientos.
"En Noviembre de 1918, a medio día, un terrible terremoto sacudió la Isla, matando 1,058 personas y derribando todas las escuelas e iglesias. Para reedificar las escuelas, iglesias asilos y hospitales, se necesitan miles de dólares. Los nativos son pobres y viven sólo de lo que reciben de los dueños de las plantaciones de azúcar, quienes les permiten vivir en sus haciendas para atender al trabajo. Para la reconstrucción de la isla se necesitan $200,000. La isla sufrió otra sacudida en agosto último y los edificios que habían quedado en pie se derrumbaron.
"El padre Lynch hizo una vigorosa súplica al pueblo de Schenectady, indicándole que no todos los habitantes eran católicos, pero que muchos no católicos tenían que ser socorridos por los Redentoristas y Hermanas de la Caridad. Explicó que aunque estos nativos no tenían ningún porvenir ante ellos, que todos son felices y despreocupados y se contentan con su manera de vivir, por lo que debían de ser auxiliados por los habitantes de una ciudad tan
próspera como Schenectady."
¡Cuánto se hubiera lucido el Padre Lynch, y cuánto honor le hubiera dado este Puerto Rico y a los puertorriqueños en general, si en vez de contar necedades, hubiera explicado nuestros triunfos y nuestras glorias! ¡Cuánto hubieran gozado allí, en Schenectady, esa culta ciudad siempre ávida de conocer nuestras costumbres y nuestros progresos, oir de los labios de un sacerdote un relato verídico de nuestra ayuda a los Estados Unidos en la contienda mundial pasada; de nuestras compras de bonos en todos los empréstitos; de nuestras privaciones para el bien de la causa; de los 15,000 jóvenes puertorriqueños prestos, a ir al campo de batalla a derramar su sangre por la Libertad y la Justicia; de nuestras, dádivas a la Cruz Roja; de nuestras grandes carreteras; de nuestra cultura, etc! ¡Ah, pero todo eso que nos enorgullece, que nos pone muy por encima de muchos pueblos y de muchas naciones, no ha merecido la atención del Padre Lynch! Su misión no era de resaltar virtudes de un pueblo noble; era más bien, de llenar la bolsa de dinero, y para ese fin no importa si había que denigrar a este Puerto Rico, que no hace más mal que albergar en su seno a quienes, sin tener en cuenta lo bien que les trata, no omiten oportunidad para envilecerlo."
Nada más justo que, si en tiempo de bonanza fuimos pródigos, ahora que una desgracia nos azota, vayamos allende los mares a obtener remedio a nuestros males. Eso es digno de aplausos. Pero lo censurable, lo indigno, es que, por afán de recaudar lo más posible, se trate de ridiculizar a Puerto Rico, haciéndole aparecer como uno de los países más atrasados y más incultos, atrayendo por ese medio compasión y lástima. Desgraciados los pueblos que tienen que recurrir a la compasión extraña para poder subsistir!
Como Católico, Apostólico y Romano, como Caballero de Colón y antes que nada, como puertorriqueño protesto de esa manera de mendigar monedas, cuando para tal cosa hay que recurrir a menospreciar la dignidad y el prestigio de mi patria.
De usted atto. S. S. y amigo,
Manuel M. DE LA VEGA.
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