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SAN JUAN, P. R. – DOMINGO 9 DE ENERO DE 1938.   pág. 10

Extracto del cuadro de Campeche “Sitio de San Juan por los británicos” 

Cuatro héroes portorriqueños: los Sanabria, Troche y Sierraalta

La derrota de Drake, la invasión de Cumberland y la heroica defensa de
los habitantes de San Juan

Por J. Paniagua Serracante

Cada rincón de esta capital amurallada tiene una historia de legendaria grandeza. Apenas hay un sitio que no traiga la evocación de pretéritas hazañas. Entre los puntos de la América, dudo haya un conjunto tan apartado de lugares que han sido testigos de las proezas mas insignes y de los hechos de armas más valerosos.

Es una opinión más difundida aseverar que nuestro pueblo jamás se haya distinguido en bélicas hazañas, cuando la realidad de sus primeros siglos de existencia nos indica a todas luces el portento de gallardía y heroicidad sin igual de aquellos nuestros abuelos que lustraron con sus hidalguías las páginas áureas de nuestra historia. Hay una serie de hechos que duermen en el olvido esperando que el amor de nuestros compatriotas les rinda el justo homenaje de la piedra o el bronce para ejemplo de las futuras generaciones y admiración de los siglos.

Para los que niegan valor cívico y militar entre la gente borinqueña, aparte del caso del general Valero de Bernabé, y de los Andinos y otros, hay cuatro figuras en nuestra historia que se distinguieron por su extraordinario esfuerzo en la defensa de esta capital cuando ocurrió la invasión inglesa al mando de Lord Cumberland. Fueron Gaspar Troche de Guzmán y Bernabé de Sierraalta y los hermanos Sanabria, los gloriosos patricios que dieron su sangre en singular combate sobre el histórico puente de San Antonio, durante el azaroso año de 1597. Es de todo el mundo ponderada la belleza natural de este sitio a la que han venido a aunarse espléndidas construcciones modernas, entre ellas el mismo puente actual construido y ampliado por el Gobierno, dándole un aspecto versallesco iluminado de noche por farolas que dan la impresión de un paisaje veneciano.

Por sus bellezas naturales conjugado con lo que la industria y el arte humano han prodigado de su parte y que hace de él uno de los rincones más esplendorosos de la mística y heroica San Juan, subyuga por su bello conjunto formado por el dicho puente y el de los Dos Hermanos que comunican la isleta con la tierra firme de los aristocráticos barrios de Miramar y del Condado. Por el otro extremo cierra el panorama de verde esmeralda el centenario Castillo de San Jerónimo llenando el centro el remanso de la laguna que abre sus brazos al mar y al caño, que luego comunica con la bahía. Allá a lo lejos hacia el norte, frente a las rocas graníticas que serpentean entre el Castillo y el otro barrio del Condado, se rompe en mil espumosas lágrimas el oleaje espeso del mar cual si se lanzara despreocupadamente.

Este rincón que ha servido de inspiración a la paleta de muchos pintores, quienes recogieron toda esa metáfora plástica de suavidades lumínicas, a eximios poetas que cantaron sus sombras y palmeras, así como también fue motivo para más de un criollo novelista divagar exquisitamente sobre sus leyendas inmortales, tiene además de todo eso encanto milenario de su naturaleza prodigiosa, la más sugestiva y muda emoción de los hechos que ante sí acontecieron durante el ambiente épico de aquellos siglos de hierro y bizarría, de valor indómito y gentileza inigualada.

Junto a este mar que nos trae canciones lejanas, que lleva en cada bocanada de la brisa norteña la onda sonora que aprisionó las voces roncas de los corsarios, los gritos salvajes de los filibusteros y de los abordajes, los mandos imperiosos de almirantes y caudillos, leones de tierra, terrores de los mares, escándalo de pudorosas doncellas, y habilidosos escaladores de tesoros guardados bajo cien llaves y cien espadas; sobre esta dorada costa, fecundada por la sangre heroica de portorriqueños, arenilla de ojo sagrado, todo invita a la visión clara sobre aquellos hechos semiolvidados en el polvo de los folios de cronicones ilegibles, pero que son el testimonio de un alma colectiva grande que tuvo también su grandeza bélica en edades en que el honor y el valor eran los dones soberanos de la vida.
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Durante las sangrientas guerras entre España e Inglaterra ambas naciones se disputaban la hegemonía militar y política del mundo. Así fue que la intrépida Albión siempre tuvo por particular objetivo de sus empresas guerreras atacar las colonias españolas en el Nuevo Mundo en donde además de poder conquistar nuevos territorios, encontraría valiosos tesoros que eran el desvelo y la pesadilla de sus corsarios y de sus piratas, que luego pomposamente consagró llamándoles lores, ofreciéndoles por mano de su reina títulos de nobleza, cuando de lo único que podrían distinguirse estas aves de rapiña era de haber incendiado y saqueado pueblos indefensos, constituyendo una constante amenaza para la civilización que avanzaba y un elemento perturbador de la paz e integridad del nuevo continente. Mientras otros, desafiando la crudeza de los tiempos, la hostilidad de una naturaleza virgen, las enfermedades y contratiempos que implica una colonización ardua, frente a todas las vicisitudes, amenazados por los primitivos habitantes, por las fieras y alimañas de la selva, estos corsarios linajudos se entretenían en sustraer violentamente mediante la fuerza armada, los ricos tesoros depositados en arcones, los vasos sagrados, el oro, la plata y la pedrería que hubiese en templos y capillas y hasta los bienes particulares, tanto industriales como agrícolas, de los pacíficos colonos que si salvaban milagrosamente su vida, sufrían el vejamen y el espanto por la proterva conducta de una legión de desalmados, gentualla soez capaz de lo indecible. Una serie de estos siniestros personajes frecuentaron nuestro país durante los siglos XVI y XVII. Así suenan los nombres de Francis Drake, Juan Hawkins, Nicolás Clifford, conde de Cumberland, los capitanes Browne y Strafford y Sir John Berkley.

En el año 1582 según aseveran autorizados historiadores los cargos de gobernador y alcalde del Morro se fundieron en una sola jefatura bajo el titulo de Capitanía General. El capitán Diego Menéndez fue el primero en ocupar dicho cargo. Entonces los recursos de la gobernación de la Isla eran muy precarios. Precisábase la ayuda pecuniaria de otras provincias ultramarinas de España. Anualmente se recibía una asignación que hubo de hacer efectiva en metálico la Tesorería de Méjico. Fue lo que desde 1586 se llamo el “Situado”. El famoso “Situado” que era recibido, según cuentan los cronistas, en los últimos años que estuvo viniendo dicha asignación, con música, agitación populachera, comisiones, etc., como si se tratara de un alto personaje.

El peligro de los corsarios, filibusteros y demás gentecilla de esta jaez era inminente. Aumentaba su amenaza ya que Santo Domingo, Porto Bello, Cartagena de indias, Nombre de Dios y otros puntos habían sido saqueados y atacados repetidas veces. Hay que imaginarse el peligro que correrían aquellos milloncejos traídos desde Méjico por todos esos mares del Golfo y las Antillas infestadas de piratas y corsarios para pagar los servicios de la burocracia en Puerto Rico.

Dos años antes de los sucesos a que nos vamos a referir, el corsario Francisco Drake intentó invadir la ciudad. Había salido de Inglaterra con una poderosa escuadra compuesta por veintiséis barcos. La Reina Isabel, irreconciliable enemiga de Felipe II, tenía secretos informes de que Su Majestad Católica contaba con riquísimos tesoros depositados en Puerto Rico. En parte eran ciertos dichos informes. De la Habana había zarpado una armada española procedente de Méjico rumbo a España. Dichos buques conducían a su bordo grandes tesoros destinados al monarca español. A causa de una tempestad el buque insignia de la flota bajo el mando del general Sancho Pardo tuvo que arribar forzosamente en Puerto Rico. El general como medida preventiva depositó el oro y la plata que llevaba a bordo. Estos representaban la suma de dos millones de pesos. Todo ese caudal fue depositado en la Fortaleza de San Juan. Inmediatamente notificó al Rey del depósito para que asegurase la conducción del mismo. Y cuál sería la sorpresa, cuando de España vinieron noticias de que en Inglaterra se estaba preparando una fuerte expedición militar con el exclusivo propósito de conquistar la Isla.

Tanto Iñigo Abad como Tapia, Brau y muchos otros historiadores han descrito con atinada claridad histórica los pormenores de esta tentativa de conquista. La armada de Drake llegó a Puerto Rico al amanecer del día 22 de noviembre de 1595 y después de maniobrar ante la ciudad fondeó frente a la Caleta del Escambrón. La artillería del Morro y de la Caleta hicieron fuego contra la escuadra. Y la lucha comenzó. Cuenta un testigo ocular que iba en el buque de Drake, “que aquella tarde Sir Nicolás Clifford y los capitanes Browne y Strafford cayeron heridos mortalmente al sentarse a cenar con el almirante Drake, cuyo taburete quedó destrozado por el mismo tiro, precisamente en el momento en que el Almirante bebía un jarro de cerveza.” En esa misma tarde encontró la muerte durante el combate Sir Juan Hawkins, uno de los más connotados lugartenientes del intrépido corsario inglés.

En vista del peligro la escuadra inglesa se movió hasta colocarse al socaire de Isla de Cabras, hasta donde ya no alcanzaba la artillería de aquella época. Drake ordenó la exploración de las orillas de la bahía desde Palo Seco hasta el Cañuelo y él mismo en persona dirigió las maniobras. Por la noche el enemigo intentó el desembarco con veinticuatro lanchas llevando cada una de ellas cincuenta a sesenta soldados. En el puerto estaban ancladas las fragatas españolas “Magdalena”, “Tejada”, “Santa Clara”, y “Santa Isabel”. Los ingleses trataron de incendiarlas con bombas preparadas para tal propósito. Los españoles consiguieron apagar el incendio en tres de ellas, pero la “Magdalena” se convirtió en un enorme castillo de fuego en medio de las aguas. ¡Qué cuadro espectacular se operaría entonces en medio de aquella lucha fiera que duró algo más de una hora! Tronaría la artillería del Morro y de los fuertes de avanzada, la mosquetería repiqueteaba, sin duda alguna, sonora y seca cual martillazos ensordecedores; los gritos e insultos entremezclados con las voces de mando todo a un tiempo se oiría unido al sonido del chisporroteo de la fragata incendiada que se consumía sobre las aguas y cuyas llamas se reflejaban en el espejo negro del mar. Entonces las siluetas de los asaltantes parecería una legión de diablillos o fantasmas infernales, armados con sus dagas y sus espadas, descargando sus arcabuces sobre la tripulación española de las fragatas. Todo este movimiento de armas brillaría más ante los reflejos de las llamas. Tal vez parecería aquello una improvisada visión bella y terrible como arrancada de las páginas inmortales del infierno dantesco. Mientras tanto en el interior de la Fortaleza de San Juan permanecerían los flamantes millones de oro y plata, rico tesoro objeto de la codicia y rodeado de crímenes. ¡Oro y sangre!

El valiente Pedro Tello de Guzmán que había sido enviado por la corona con aquellas cuatro fragatas surtas en el puerto, una de las cuales fue incendiada por el enemigo, tomó todas las precauciones de rigor y junto con el general Sancho Pardo contribuyó a la defensa de la capital. La armada inglesa traía tres mil soldados de infantería y mil quinientos marineros. Está de más decir la formidable artillería y el excelente armamento de que estaba dotada. El fracaso de Drake se puso más de manifiesto cuando comparando sus fuerzas con las que tenía la plaza, cuya guarnición era escasa y muy inferior a la suya, vemos el heroísmo que animó a los defensores. La valerosa defensa de San Juan es un hecho de armas de gran significación. Los historiadores hacen la alusión a lo que el cronista de a bordo escribió sobre este punto: “Drake –dice– se quedó espantado cuando supo la poca gente que se halló en las fragatas la noche del fuego y se tiraba de las barbas por no haber tomado la plata y la tierra.” No era para menos. Había perdido diez lanchas y más de cuatrocientas personas muertas sin contar con los heridos.
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Drake no abandonó nuestro país sin antes hacer otra de las suyas. De San Juan se dirigió a la Aguada en donde incendió la ranchería del ingenio de azúcar construido en aquella jurisdicción, y saqueó todas las granjas, llevándose consigo abundante ganado vacuno. No bien se había repuesto nuestro país de estos ataques cuando nuevamente volvió a tronar el cañón y la lucha bélica a encenderse entre invasores y defensores del terruño que había cobrado celebridad con motivo de la anterior heroica defensa de los millones y que por esta misma razón se hacía más codiciable ya que aquí era punto cierto de encontrarse algún rico depósito de oro o plata.

La Corona había nombrado mientras tanto nuevo gobernador en la persona del capitán Antonio de Mosquera, y comprendiendo la situación peligrosa en que se encontraba la plaza con tan deficientes aparejos de defensa, tomó las medidas pertinentes para reforzarla, consignándose además en la Tesorería de Méjico un situado adicional de seis millones de maravedís para dar conclusión, lo más rápidamente posible, a las obras del Morro. Hallábase Mosquera en el acostumbrado proceso oficial, residenciando a su antecesor, cuando he aquí que llegan despachos de España notificando los peligros de una nueva expedición contra esta Isla.

El corsario Drake después de haber sufrido otra ruidosa derrota, había muerto en Panamá, noticia que desde la Habana dio en una interesantísima carta al Rey, don Bernardino Delgadillo y Avellaneda, el jefe de la armada española que había sido enviado para perseguirle y que le batió cerca de la Isla de Pinos al sur de Cuba.

La Reina Isabel de Inglaterra había dado instrucciones a Jorge Clifford, conde de Cumberland, uno de sus más consecuentes favoritos para que con veinte navíos, cuatro mil hombres de desembarco saliese a invadir y a ocupar nuestro país. Frente a esta fuerza Mosquera solo contaba con ciento treinta y cuatro infantes, catorce artilleros y doscientos soldados. Con peste y hombres, sin recursos pues no habían llegado aún para ampliar las obras de defensa, sin una escuadra auxiliadora, con tropa escasa e indisciplinada, tuvo que recurrir a la entereza y al valor de los hijos de la capital, al pueblo heróico que se ofreció para la lucha capitaneándole los valientes vecinos que voluntariamente se aprestaron al combate, Gaspar Troche de Guzmán y Bernabé de Sierraalta.

El 15 de junio de 1597 Lord Cumberland apareció con su temible escuadra frente a Loíza y ancló en la ensenada de Cangrejos. Esta vez el ataque se hacía por el este. Más táctico y diestro Cumberland se ponía a salvo de los cañones del Morro, con más posibilidades de desembarco e invasión. Para aquella época no existía el famoso Castillo de San Jerónimo. Solo había un pequeño fuertecillo y al extremo occidental del puente levantábase un portón que cerraba con llave al oscurecer. Este portón estaba custodiado por diez soldados de infantería que se turnaban. El puente entonces era estrecho y de maderas. Se extendía precisamente en la desembocadura del caño como un lazo al borde de la laguna.

Cuando el peligro arreció a los diez hombres que custodiaban el portón se agregaron ochenta voluntarios, todos vecinos de la ciudad bajo el mando de Troche y Sierraalta. El objetivo principal era cortar el paso de los invasores. Al fin éstos llegaron. Era la vanguardia integrada por seiscientos hombres. Las trincheras contestaron el fuego de mosquetería y el enemigo se vio precisado a retroceder dejando sobre el puente quince cadáveres según afirma el historiador Brau. La primera escaramuza ya había sido ganada.

Desgraciadamente el enemigo era más poderoso que los defensores. Volvió al día siguiente y auxiliado por la artillería de uno de los buques de la escuadra, que se acercó todo lo más que pudo, al sitio que hoy ocupa el aristocrático centro social del Escambrón, consiguió silenciar las baterías de las trincheras. Mosquera había llegado con su tropa y la lucha se hizo entonces cuerpo a cuerpo. En aquella valiente jornada guerrera Troche y Sierraalta estuvieron a la altura de los verdaderos héroes. La gente se comportó igualmente. Pero la fuerza superior del enemigo trocó la suerte de los valientes. Estaban cogidos entre dos fuegos y la derrota era segura. Allí murieron los heroicos hijos del país: Juan y Simón Sanabria, y el capitán de los voluntarios Bernabé de Sierraalta fue gravemente herido. De este último escribió Torres Vargas: “que peleó con tan heroico esfuerzo que ha merecido hasta hoy quedar muy vivo en su fama.”

Después fue muy fácil la invasión de Lord Cumberland, quien viajaba en la suntuosa capitana “The Source Of Malice” o sea la fuente de la malicia. ¡Ya lo creo que era la fuente de toda malicia, como que su malignidad fue más allá de lo que se esperaba! Mosquera sitiado en el Morro tuvo que rendirse y capitular. La población estaba desierta. Sus habitantes se habían internado en los campos, en las verdes campiñas de Guaynabo y demás granjas limítrofes. ¡Cuánta angustia pasarían aquellos pacíficos antecesores nuestros durante las largas horas de la noche! Para ellos, aquellos invasores eran doblemente enemigos; en armas y en religión. Solían llamarles sencillamente “herejes”.  En aquel momento histórico el futuro de Puerto Rico estuvo frente a una verdadera encrucijada. Bien pudo permanecer para siempre como una colonia inglesa. Sería protestante y hablaría inglés. Pero la malicia de Cumberland no llegó a vislumbrar a los poderosos aliados de nuestros abuelos. La malicia de nuestros mosquitos pudo más que toda su malignidad guerrera. Yo creo que la malaria fue nuestra aliada y ella se encargó de echar afuera al enemigo. Empezó a diezmar a su gente y por fin Sir John Berkley a quien Cumberland había encomendado la gobernación de la Isla tuvo que irse con toda su gente, no sin antes arrasar con todo lo que más valía en oro, plata, pieles curtidas, jengibre, azúcar, ochenta piezas de artillería, las campanas y el órgano de la catedral y hasta un arcón con preciosas perlas cuyo valor era de mil ducados.

Estado actual del Puente de los Soldados, luego San Antonio, hoy Guillermo Esteves, en el trozo precisamente donde se libró lo más rudo del combate durante la invasión británica.

En esta tarde gris de Invierno, refrescada la memoria, hemos creído sentir en medio del profundo y prolongado bramar del mar enfurecido a los impulsos de un viento frío que humedece la carne, como una voz de algún ente invisible. Voz que canta la historia de una legión de héroes cuyas almas diríanse pasear cual notas largas de una sinfonía nunca oída, tan largas y tan bellas que arranca del espacio una misteriosa radiación que sólo el espíritu es capaz de captar en ese instante sublime de las sagradas evocaciones.

¡Dulce tierra del cantar hondo, tierra sagrada de héroes! Nos has dejado el recuerdo de tu inmortal grandeza, como un hálito de luz inapagable. Y es que esta tierra negruzca en sus promontorios, acicalados por las antiguas trincheras y paramentos de antaño, parece musitar un dúo con el mar que no acaba su murmullo suavemente cantarino, pareciendo una sucesión de truenos apagados o de pedazos de cielo que se desploman para ensordecer y marear, para anestesiar luego los sentidos y hacernos vislumbrar cual tenue visión de un cuadro perdido en la lejanía de los siglos, toda una página gloriosa de un ayer heroico.

Si aún hay idealidad en nuestras almas, si aún hay savia que vibra, que siente las inagotables bellezas de este rincón milenario doblemente interesante por sus bellezas naturales y por ser mudo testigo de hechos únicos, convendrán conmigo que ha llegado el instante en que cada vez que por allí pasemos, alcemos los ojos al cielo, y ya que no hay una piedra, ni un bronce que perpetúe la memoria de los Sanabria, Troche y Sierraalta, imaginemos ver las enérgicas siluetas de sus épicas figuras, arquetipos de honor, de valor y del deber cumplido.

Invierno de 1937.