Domingo 26 de noviembre de 1939 pág. 2

 

Una Epidemia Libertadora


Del libro "Trazos históricos del Dr. Víctor Coll y Cuchí

Por Dr. Víçtor Coll y Cuchi

Corrían los tiempos en que Isabel de Inglaterra pretendía arrebatar a Felipe II su poderlo marítimo. Sir Walter Raleigh acababa de fundar en América la primera colonia Inglesa, y llamándola la Virginia, en honor a la Reina Virgen, de quien pasó a ser favorito, Sir Jorge Clifford, Conde de Cumberland habíase distinguido grandemente en la destrucción de la Armada Invencible, y era recibido en la Corte con glandes honores. Ambos guerreros, cuya juventud y hombría les presentaba en palacios llenos de triunfal aspecto, causando la admiración general, prontamente convirtiéronse en rivales. La pródiga Reina compartía sus favores por igual entre ambos gentiles hombres. 

Para el ocaso del año 1597 recibíanse en Inglaterra amargas noticias venidas de América. En un ataque de la armada inglesa a la plaza marítima española de San Juan de Puerto Rico había la Corona perdido »u mejor lobo de mar, al diestro John Hawkins, muerto de bala de cañón, siendo también tristemente derrotado en el asedio de la plaza, yendo a morir a Porto Bello, el famoso pirata, gloria de las armas inglesas, almirante Sir Francia Drake, héroe en la destrucción de la Armada Invencible. 

La Reina Isabel ordenó que una fuerte armada, con gente de desenbarco pasase a América a arrancar de la Corona de España la Isla de Puerto Rico y anexarla al Imperio Británico.

Fue escogido para dirigir tal empresa Sir Jorge Clifford, Conde de Cumberland. En unos cortos meses quedó preparada la formidable armada. Del puerto de Plymouth salió, a bordo de la nave capitana The Source of Malice, el Almirante, comandando una armada de veinte velas. A bordo del Marchat Royal venía como Vico-Almirante Sir John Barkley. Cuatro mil infantes de desembarco venían capitaneados por las más sobresalientes espadas de Inglaterra.

El 23 de mayo llegaron al Archipiélago Antillano. El 5 de junio avistaron la costa norte de Puerto Rico. 

Fuertes lluvias azotaban el mar y el viento rozaba las naves con furia ciclónica. Echábase la noche encima muy precipitadamente impidiendo toda clase de estudio u orien- tación. 

Regresaron a bordo de la capitana los expertos marinos Lankton y Knolsford, quienes habían sido despachados por el Almirante en una nave latina para el ojeo y búsqueda de sitio apropiado para el desembarco, y opinaron que hasta el día siguiente no podría hacerse nada dada la adversidad del tiempo. Apareció, de súbito entre los concurrentes el Capellán de la expedición, reverendo doctor Layfield, y con voz entrecortada exclamó;
¡Quiera Dios que el Cielo esté con nosotros en esta expedición! 
- ¿Qué le hace a usted pensar lo contrario? respondió el bravo Capitán Bromley, comandante de los gentiles hombres de Su Majestad. 

Por muchos años, contestó el Capellán he deseado contemplar el sol meridional de los Trópicos, su cielo azul, y sus frescos alíseos, y desde que hemos entrado en estas latitudes sólo hemos tenido tiempos huracanados.

Confíe nuestro buen Capellán, exclamó con voz pausada y serena el Almirante - confíe en la afortunada estrella que puso sobra mi el Dios de los Ejércitos cuando destruimos con au ayuda, la Armada Invencible.

—¡Oh. por Dios, Almirante! Recordad que esa misma estrella la tuvo sobre sí el Almirante Drake, honrosamente derrotado entre esto» edénicos peñascos. 

Y con esta réplica marchóse el Capellán a su celda a Implorar la ayuda celeste en tan arriesgado trance. 

En la mañana del 6 de junio de 1598 echó a tierra borincana el Almirante Clifford los hombres de vanguardia da su guerrera expedición. Gobernaba la Isla de Puerto Rico el Capitán Don Antonio de Mosquera. 

Prontamente advertidos los habitantes de la plaza de la llegada de los invasores levantóse el espíritu patriótico y acudieron presurosos a rechazar a los ingleses.

Para aquella época no existía el magnifico cerco de murallas que rodeó San Juan años después, ni los castillos de San Cristóbal y San Gerónimo. El puente de San Antonio, llamado entonces Puente de los Soldados estaba defendido por un fortín de madera, que luego se hizo de piedra. Los Ingleses desembarcaron felizmente y dirigieron sus pasos hasta la ciudad siendo parados por los valientes soldados del puente, capitaneados por los heróicos criollos Gaspar Troche de Guzmán y Bernabé Serralta.

Contrariados estaban los Ingleses al ver que un grupo de hombres sostenía con ventaja el empuje de mil infantes invasores dirigidos por expertos capitanes. El propio Al mirante Conde de Cumberland púsose a la cabeza del avance y fue tan violentamente atacado que cayó al agua usando su pesada armadura, llegando a sumergirse y casi ahogarse, salvado milagrosamente y llevado a sitio seguro, donde vino a escuchar las tétricas palabras de su Capellán.

¡Quiera Dios que el Cielo esté con nosotros en esta expedición!

Por fin abrieron brecha los ingleses y la superioridad numérica (Continúa on la página 4 col. 3.) 
se impuso. Encerrado Mosquera en el Castillo del Morro, pronto tuvo que capitular y el 21 de junio se entregó a los ingleses el Castillo de San Felipe del Morro. 

Lo« soldados del Conde fueron instalados cómodamente en las casas de vecinos particulares que habían sido abandonadas.

Enseñoreábase a los cuatro vientos el pabellón británico sobre nuestros castillos. Corrían los días y los días y cada vez procuraba Sir Jorge Clifford asegurar su conquista. Para tal fin hacía estudios para dominar toda la Isla. Sucedíanse los concejos de altos militares y el regocijo de Cumberland, ya restablecido de su accidente, subía de punto cuando creía vengado el desastre de Drake.

En la mañana del tres de julio hallábase el Almirante rodeado de su valioso Estado Mayor cuando penetró en el recinto, muy alarmado, el capitán Owell e informó al Al mirante que la mayor parte de su compañía había sido envenenada, encontrándose en estado de gravedad, con grandes dolores de vientre y evacuando sangre, sin haber podido averiguar el agente tóxico.

No habían todavía los oyentes bien digerido la noticia cuando se personó el capitán Coach trayendo informes de una repentina enfermedad que como reguero de pólvora incendiada, en unas cortas horas, diezmaba la soldadesca instalada en el caserío. 

La alarma puso nervioso a todo el campamento. Tomáronse medidas extremadas y púsose extricta vigilancia día y noche. 

Para mediados de julio, más de trescientos soldados y buen número de oficiales habían sucumbido al mortífero agente, sin que nadie pudiera tan sólo intentar un remedio. Los físicos de la tropa no sólo no podían controlar aquella ola de muerte sino aquellos también caían a la fosa mortal. 

Lo que no pudo el acero enemigo, hacíalo ahora una mano misteriosa omnipotente. Una ola de desolación arropaba la ciudad y por todas partea oíanse lamentos y oraciones. La propia muerte con su fiera guadaña había caldo implacable sobre los invasores. 

Reunido en Consejo el Estado Mayor, S1r Jorge Clifford habló de esta manara:

—Caballeros: Estamos confrontando una muy grave situación. Nuestros soldados mueren a montones diariamente sin que pueda ensayarse remedio alguno para tan cruel desastre. - 
Nuestra responsabilidad es enorme y nos obliga a tomar medidas y resoluciones gigantescas. 

Os he reunido aquí para oír vuestro consejo, hablad.

—¡Por la Gracia de Dios y de todos los Santos, señor Almirante, dice con acerada voz el Comandante Bromoley, y con todo el remoto que me merece nuestro buen Capellán, pero a fé de bueno cristiano creo a pie juntilla que el señor Capellán nos hizo mal de ojo la noche de la víspera de nuestro desembarco. 

—Alabado sea el Santísimo, replicó el Reverendo Layfield, alzando sus manos al Cielo, no era del agrado del Señor que esta Isla fuera habitada por ingleses. 

—Tenemos a nuestro Vice-Almirante Sir John Berkley atacado de la misteriosa enfermedad y prontamente estaremos todos bajo el azote de esta plaga espantosa. 

—Señores, dijo el Almirante, al tuviéramos que perder nuestras vidas peleando por el honor de nuestra Nación contra sus enemigos, yo sería el primero en caer valerosa mente, pero yo creo al igual que nuestro Reverendo Capellán que no estaba de Dios nuestra empresa y debemos abandonarla

Reinó silencio. Por un momento latieron fuertemente los valientes corazones de aquellos piratas, y más tarde comenzaban los preparativos para el abandono de aquel insaluble y endiablado país. 

Ciento cincuenta y cinco días reinaron los ingleses en San Juan de Puerto Rico. Una epidemia de disentería destruyó en breve tiempo su ejército, obligándolos a una rápida retirada. 

¡Una epidemia libertadora! ¡No hay mal que por bien no venga!