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EL MUNDO, SAN JUAN. P. R. - Domingo 20 de febrero de 1949       P.7


Un Héroe Desconocido 
Doctor Manuel Frías Dejó en Puerta de Tierra

El Recuerdo de un Hombre Dedicado a Caridad 

 

Por CARLOS NIEVES RIVERA
Redactor de EL MUNDO

La paz como lo guerra, tiene sus soldados desconocidos. 

Tocó en suerte a un periodista suizo descubrir en un asilo de ancianos indigentes a Henry Dunant, rico banquero que puso su fortuna al servicio de la paz, fundando la Cruz Roja Internacional.

Recientemente la familla del extinto doctor Manuel Antonio Frías me reveló que él siempre sostuvo haber sido el primero en descubrir los primeros brotes de peste bubónica que azotó a Puerto rico en el 1912.

Dunant fue un sembrador de bien que vivió en el limbo de los olvidados por muchos años, hasta el momento feliz de su reconocimiento. 

En Puerto Rico se ha repetido muchas voces el caso del fundador de la Cruz Roja. Pero muy pocas veces ha aparecido quien desentierra el recuerdo del hombre sepultado en el olvido, para reivindicarlo ante la opinión pública. 

En aquella época nadie podía sospechar siquiera que tal plaga pudiera llegar hasta nuestras playas, y esa revelación me lanzó en una búsqueda afanosa entre libros viejos y personas de edad que pudieran recordar aquellos tristes días para Puerto Rico. 

La primera persona a quien decidí interrogar sobre el particular fue al doctor William Fontaine Lippitt, anciano conquistador de la peste y a su vez, un hombro olvidado. 

¿Recordaba él al doctor Frías como descubridor del primer caso de peste bubónica en la epidemia de 1912? 

UNA MEMORIA FIEL

A través del hilo telefónico su voz me llegó como un eco grave y cansado, muy cansado: "No, no recuerdo. Hace tanto tiempo.." 

Si el doctor Lippitt, organizador de las fuerzas sanitarias que derrotaron la peste, no recordaba, ¿Quién podía recordar? Pero había una memoria fiel que recordaba. 

El doctor Luis L. Biamón evocó un día de Junio de 1912, Su colega Frías había acudido a la llamada de una familia pobre de Puerta de Tierra, uno de sus miembros estaba muy enfermo. 

Fiebre, bubones en las ingles, calofríos, postración. Estos síntomas determinaron la aterradora revelación de que en Puerto Rico se estaba propagando una de las plagas más temibles que conoce la humanidad. 

De la casa del apestado, el doctor Frías fue directamente a la Dirección de Sanidad, y comunicó a las autoridades la existencia del peligro inminente de una epidemia. 

Esta acción del joven médico movilizó a las autoridades sanitarias con una intensa campaña contra la suciedad acumulada en las casas de todo P. R., las ratas cebadas en esa suciedad y el virus de la peste transmitido a cientos de personas por la pulga de esos roedores. 

El Informe de la Dirección de Sanidad correspondiente a 1912, cuenta la historia completa de la epidemia, pero en ninguna de sus páginas aparece el nombre del doctor Manuel Antonio Frías. 

Este documento, parte de la historia al fin, no es del todo fiel a los hechos ocurridos, tiene también lagunas, como todas las en que necesariamente alguien ha de ahogarse en el olvido, ya sea un hombre, un lugar o un acontecimiento. 

Algunas personas creen que ésta no fué la causa determinante del silencio que obscureció el nombre del doctor Frías. 

Su colega norteamericano, el doctor William Fontaine Lippitt, probó entonces y ha probado después ser hombre de suficiente estatura moral para levantarse por encima de las pequeñeces de la profesión. 

¡Si a él mismo, al propio doctor Lippitt, se la cavó una sepultura de calumnias y mentiras! ¡Si a él mismo se le quiso condonar al olvido ignominioso! 

Por otra parte, la familia y antiguos amigos del doctor Frías dicen que éste fue siempre culpable del más terrible e imperdonable pecado del siglo: la modestia, es decir, la modestia excesiva. 

SERVICIOS GRATIS

Mientras Lippitt, lleno de santo celo contra las ratas y la suciedad, se agigantaba para abarcar toda la Isla con su red de barrenderos y médicos voluntarios, empeñado en una lucha titánica e ingrata, Frías peleaba en silencio contra la muerte. 

Peleaba contra la muerta visitando "clientes" a los que no cobraba un centavo, recetándo las medicinas que su hermano, el farmacéutico Carlos Frías, despachaba a cambio de unas "gracias" o una bendición dicha entre dientes. 

Entretanto, el doctor Frías vivía en circunstancias tan reducidas como sus "clientes" pobres. 

En Puerta de Tierra perdura la memoria de los hermanos Frías. Una calle empinada, tan empinada como la vida de ambos, ostenta el nombre de Carlos, el farmacéutico. El de Manuel Antonio no quedó grabado en una calle pero si en muchos corazones. 

Ambos hermanos llegaron a Puerto Rico, procedentes de Venezuela, a principios de siglo. 

En Puerta de Tierra, foco de miseria física y moral en aquella época, establecieron, uno su botica y el otro su consultorio. 

Era la combinación perfecta para enriquecerse de la noche a la mañana, la combinación con que muchos jóvenes profesionales habrán soñado y que algunos habrán realizado. 

El cliente recetado por el médico Frías no tenia que caminar mucho para caer en las manos del boticario Frías.


EL Médico se negaba a cobrar a los clientes pobres, el farmacéutico, como respondiendo a una consigna, tampoco les cobraba. 

A la postre, ambos se enriquecieron de "gracias" y "bendiciones", más no de plata. 

Fue tal el arraigo que ganaron los hermanos Frías en Puerta de Tierra, que un día, contra la voluntad expresa de Carlos, un grupo de vecinos marchó hasta el ayuntamiento de San Juan para demandar de las autoridades municipales que se bautizara una calle en su honor. 

Cuando Carlos Frías cayó en lecho de muerte, la despreocupada población de Puerta de Tierra se preocupó por su salud tanto como él se preocupó siempre por la de ellos. 

Una persona especialmente, la Joven María Flores se dedicó en cuerpo y alma a cuidar al enfermo. 

Con la abnegación de una madre, realizó todos los piadosos y cotidianos menesteres necesarios para mantener encendida la luz vacilante que era la vida de Carlos Frías. 

Día tras día, el médico de cabecera del enfermo, su propio hermano Manuel Antonio, veia la figura de María moviéndose afanosa en torno del lecho y secretamente la bendecía. 

Entretanto, él que descubrió la peste a tiempo para salvar cientos de vidas, no acertaba a decubrir la enfermedad que minaba irremisiblemente la de su hermano. 

Finalmente, cuando María, que administró al enfermo los primeros medicamentos, le encendió la última vela, Manuel Antonio Frías, en un gesto sublime de gratitud, se juró hacerla su esposa. 

No concebía otra manera de pagar el sacrificio de María que uniéndose a ella por toda la vida. 

Después el doctor Frías, producto de la escuela médica europea, siguió su carrera profesional de triunfos ignorados según la empezó: auscultando con el oido directamente, sin la intervención del estetoscopio, y cobrando muchas "gracias" y muy poco dinero.

Al cabo de haber servido como médico municipal en varios pueblos, enfermó de cuidado, pero hasta en esto quiso pasar inadvertido aún ante sus propios familiares. 

Cuenta su hija Mercedes (uno de los tres hijos supervivientes del doctor Frías), que cuando le asaltaba uno de los ataques de paralisis cerebral que le costaron su vida, el anciano médico inventaba excusas para explicar las contusiones que sufría al caer. 

Finalmente, falleció el 1ro. de septiembre de 1947, rodeado de un vacio social que sus amigos y algunos de sus colegas consideran injusto. 

Pero el mejor tributo a su memoría lo rindió ante mi un anciano de Puerta de Tierra, su antiguo vecino. 

Cuando le pregunté si recordaba al doctor Frías, se quedó pensativo largo tiempo, mientras sus ojos cansados se humedecían lentamente. 

Luego, me dijo con voz ronca:

-¿Cómo no lo voy a recordar?
¡Si era el hombre más bueno del mundo!