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La Legislatura en el 1910 concedió el privilegiado solar al lado de la Plaza Colón para erigir la estructura con detalles clásicos y renacentistas en su arquitectura de estilo francés.

 

Despierta el Antiguo Casino de
Puerto Rico

Por  Tatiana Pérez Rivera / El Nuevo Día

Le juro que escucho el taconeo. Ese que hacen las damas cuando suben los 25 escalones que conducen al gran salón del segundo piso. Son demasiadas invitadas. No todas usan la alfombra que cubre la parte central de la escalinata, mientras ascienden sujetadas del brazo de sus esposos en riguroso frac. El mármol del pasamano lo acarician con sus guantes blancos al codo.

La ocasión amerita exhibir la joyería heredada y adquirida, abanicos, vestidos de gasa o seda, vistosas carteras de noche y cuellos libres de cabello. Semejante despliegue de elegancia y gracias sociales es requisito en esa gran noche. Porque después de varios intentos fallidos -provocados por fondos económicos que se agotaron en momentos culminantes de su construcción- el Casino de Puerto Rico inaugura esa noche. El 24 de junio de 1917.

Ciertamente imagino el sonido de los tacos inquietos sobre el mármol. Pero es cosa de tiempo.

El próximo jueves 23 de febrero, después de una larga temporada de recesos alternados con momentos de actividad variada, el Casino de Puerto Rico reabre remozado. Con nueva cara, les recuerda a sus vecinos que regresa a la vida el ocupante del kilómetro cero de la ciudad capital.

“Esta es mi parte favorita”, concede Jaime López, director ejecutivo de la Autoridad del Distrito de Convenciones, mientras abre la puerta que conduce a la terraza del lado este en el segundo piso.

“Mira qué vecinos tenemos. Aquí ves el Puerto Rico antiguo y el moderno”, explica señalando al Castillo San Jerónimo a un lado, la Escuela José Julián Acosta al otro y los cruceros anclados en la bahía a lo lejos.

Por esa amalgama de influencias, de estilos arquitectónicos, de sabores y hasta de colores apuesta el titular toda vez que lo integró al modelo de negocios que sienta la pauta del Distrito del Centro de Convenciones al cual -por determinación del Gobernador Fortuño (bajo la Orden Ejecutiva 2010-12)- fue transferida la custodia del Antiguo Casino.

“Al entrar aquí tú te transportas al pasado”, subraya López admirando el vestíbulo , “miras las lámparas, los trabajos en yeso, los pisos y es como entrar en otra época. Si esa es la primera reacción que me da a mí, que soy puertorriqueño, imagina la del visitante que nunca ha entrado a esta estructura icónica. Es uno de los componentes que hace a Puerto Rico diferente en términos de oferta turística”.

Y es que el Antiguo Casino ofrecerá una oportunidad a quienes celebran convenciones en el moderno edificio del Centro de Convenciones de realizar allí actividades más pequeñas, en un ambiente más cálido.

La compañía SMG maneja el Distrito que abarca el Centro de Convenciones, el Coliseo de Puerto Rico y el Antiguo Casino. Las guías de arrendamiento, opciones de banquetes y menú de este son distintas a los de las primeras dos estructuras.

“Ahora es que comienza el reto”, opina López, “de poder preservarlo para futuras generaciones. Lo que garantiza esa preservación a esta estructura es el modelo de negocios que estamos incorporando para manejarla; se hace parte del Centro de Convenciones y así se maximiza su uso y se conserva el esplendor que tiene en este momentos y que tuvo cuando se inauguró”.


Amor a primera vista

Blarys Segarra, gerente general del Centro de Convenciones, no veía manera de “hacer rentable” una propiedad separada de este, en el Viejo San Juan y a la que “había que darle mucho cariño”. Hasta que la visitó en el 2010. “Nunca había entrado aquí. Llegué buscando varios “No”, pero cuando abrieron las puertas principales y vi el esplendor de ese primer nivel, oculto porque habían unas cajas, dije ‘este edificio es vendible’. Pregunté rápido ‘¿qué hay que hacer para ponerlo en condiciones?’”, sostiene Segarra.

Aunque dominaban los “No”, una vez subió al segundo nivel y vio el potencial del gran salón de la estructura que anteriormente era custodiada por el Departamento de Estado, la consigna fue manos a la obra.

Primero inició la fase de impermeabilización del techo y la cúpula y, una vez el edificio dejó de percolar, en agosto del 2011 se trabajó la segunda etapa, que abarcó el techo, las molduras y las lámparas. Contaron con un presupuesto de $1.5 millones.

En la página cibernética del Centro de Convenciones, el Antiguo Casino aparece como alternativa desde solo hace dos semanas. Ya hay 42 eventos confirmados.

“Les pasa como a mí, quedan enamorados del edificio”, indica Segarra.

El lujo del detalle

“Sí, hubo momentos difíciles pero los convertimos en retos”, reconoce el ingeniero Ricardo Torres, jefe de ingeniería del Centro de Convenciones de Puerto Rico y encargado de las obras de remodelación del Antiguo Casino de Puerto Rico.

Los dolores de cabeza los proporcionó la humedad, enemigo acérrimo de las estructuras del Viejo San Juan. La misma que desgració desde tuberías, cables y vigas, pasando por lámparas, mármol y hasta molduras.

Para controlarla mejor instalaron, según indicó Torres, dos máquinas de aire acondicionado de 130 toneladas.

Varias zonas arregladas le proporcionan especial satisfacción a Torres como, por ejemplo, el techo con su cúpula cubierta de láminas de cobre y los jardines con sus nuevas fuentes y sistema de riego. Los vitrales de las puertas fueron limpiados y sellados, y el piso en mármol pulido.

La satisfacción es compartida por Raúl Cabrera y Adolfo Vask, artesanos que trajeron de vuelta la apariencia original de las molduras y decorados en los techos, así como de las 48 lámparas ubicadas en todos los salones.

“Eso no era una lámpara, daba pena”, recuerda Vask de la impresionante pieza del salón principal que posee 14,850 lágrimas entrecosidas con alambre de cobre, “y son prismas, así que si no están ubicados correctamente no da el reflejo de luz que debe dar”.

Se dedicó a ella. Limpió su esqueleto en bronce que encontró sobre el suelo de mármol y ubicó con cuidado su vestido de lágrimas. “Mírela ahora, es otra cosa.
 

Fue un trabajo excepcional”, admira orgulloso la lámpara de 2,800 libras.

El ingeniero Torres explicó que, para facilitar el cuidado de esta, adquirieron una pateca hidráulica ubicada en el techo, que soporta hasta seis mil libras. La misma permite que la lámpara descienda suavemente hasta el suelo.

Por su parte, Cabrera menciona que los paños con diseños en el techo no tienen tamaños similares.

“Ese se había caído entero por la humedad y la condensación, lo que encontré fueron las varillas del techo”, cuenta señalando una esquina en el gran salón.

En contra de la gravedad, trabajaron con látex para copiar los detalles que habían sobrevivido al tiempo y así lo replicaron al trabajar paños y molduras nuevas y con medidas precisas.

“Había que hacerlo con mucho cuidado porque estabas trabajando ahí mismo en la pieza”, indica, “pero logramos hacer las piezas nuevas usando los diseños”.

El ingeniero Torres asegura que se documentó todo el proceso de manera que existen guías sobre cómo actualizar los diversos sistemas de la estructura.

La labor ardua de ayer, hoy tiene resultados visibles. “La gente curiosea de afuera y hasta piden entrar porque la verdad es que este edificio es único”, insiste Vask.

Su contexto histórico y social

El Puerto Rico Ilustrado se esmeró en descripciones en su edición del 30 de junio de 1917.

“...el grandioso baile de inauguración verificado con derroche de lujo y esplendor de la noche del domingo en la amplísima y regia sala del “Casino Portorriqueño”, en la que había unas mil quinientas personas pertenecientes a las familias más selectas de todo Puerto Rico, las cuales demostraron el asombro que les produjo el arte y la suntuosidad de la magnífica mansión”.

¿Para qué los criollos necesitaban un casino en el siglo XX? “El Casino de Puerto Rico es una institución que un poco contesta al Casino Español”, indica la investigadora histórica Silvia Álvarez Curbelo.

“En San Juan, como en muchos otros lugares de la Isla, las grandes familias españolas tenían acceso a sus casinos. En el 1917, las fortunas criollas y básicamente puertorriqueñas, querían tener su lugar para reunirse. El esfuerzo demuestra una especie de madurez económica y social de la burguesía puertorriqueña”, señala la profesora especializada en comunicación social.

Los círculos sociales eran muy cerrados. El historiador Gonzalo Córdova destaca, de otra parte, que la sociedad del siglo XIX y XX se dividía étnicamente y había clubes para cada grupo.

“Los españoles tenían problemas con la palabra club, porque la relacionaban con los clubes políticos franceses, así que le llamaban centros de instrucción y recreo. Tenían biblioteca, periódicos, revistas extranjeras, se presentaban obras teatrales, recitales de poesía, música, se jugaban cartas y carambola de tres bolas”, expone Córdova.

Enfatiza que en las ciudades grandes de la Isla el uso y costumbre era que hubiera tres tipos de casinos: el de españoles, el de criollos y el de artesanos, que incluía negros y trabajadores con oficio. Ninguno cruzaba líneas ni se permitía que sucediera.

Ubicado donde antes estuvo la Puerta de Santiago, única entrada por tierra a la ciudad, el Casino de Puerto Rico competiría con los otros clubes desarrollados en la capital como el Union Club en Miramar, dirigido a la comunidad norteamericana, el Casino Español y la Casa de España, ambos en San Juan.

Según la publicación “Libro Ilusión de Francia: Arquitectura y Afrancesamiento en Puerto Rico”, editado por Enrique Vivoni Farage y Silvia Álvarez Curbelo, su estilo arquitectónico “ Segundo imperio” contrastaba con los de la zona al ser francés.

“La elegante portada y el muy dramático techo del Casino hablaban silenciosa aunque elocuentemente sobre el poder y la riqueza de los que se cobijaban dentro”, proponen.

En los interiores se observa el uso de ventanas de cristal emplomadas, escaleras curvas, pisos con complicados diseños en losa nativa y también intrincados mediopuntos.

Gracias al estilo francés “Segundo imperio” se optó por el mármol, las columnas corintias, los frisos, las consolas, las guirnaldas, las molduras y los ojos de buey.

“La escalera monumental, con su magnífico espejo en el descanso, revela, desde los primeros pasos en la secuencia espacial del Casino, la maravillosa obra en el salón de baile en el segundo piso, incitando a los socios a que asciendan y participen del maravilloso edificio”, agrega la publicación.
 

Casino de Puerto Rico. Postal del 1961

Ocaso de los casinos

Reitera el historiador Córdova que el apoyo a este tipo de casino de corte social fue extinguiéndose en la medida en que aparecieron nuevas ofertas. “La gente busca afinidades”, señala en torno a clubes que aglutinan intereses deportivos, cívicos o de idioma.

“Los casinos no hacían labor social, así que cuando llegan los clubes cívicos como el Club de Leones se democratizan un poquito las relaciones”, propone Córdova.

Los españoles aún dominaban la escena social a finales del siglo XIX y tras el cambio de soberanía, “los criollos querían tener un lugar elegante”. Como propulsores del proyecto señala al licenciado Juan Hernández López, al doctor José Gómez Brioso y al comerciante Luis Sánchez Morales, quien eventualmente estableció la YMCA.

El Casino de Puerto Rico tuvo su época de gloria entre el 1920 y el 1942, cuando celebró su último baile. Según Álvarez Curbelo, se traspasó al Ejército de Estados Unidos a cambio de la condonación de deudas de la institución.

“Duró 25 años exactitos”, define esa primera etapa de esplendor Álvarez Curbelo, “allí se celebraron todas las actividades sociales de prestigio, las representaciones de clase, es decir, los grandes bailes, las presentaciones en sociedad, las bodas”.

Aunque luego se trasladó a un edificio al Condado y eventualmente a Guaynabo, una época dorada culminó para el Casino aquel 1942 cuando el mundo atestiguaba la Segunda Guerra Mundial.

El mundo del criollo, del puertorriqueño, cambiaba cada década. Su empeño por sobrevivir como pueblo sería su aliado. Así lo resumió “Adolfo, el poeta”, personaje que encarnó el actor Raúl Juliá en la película “La gran fiesta”, filmada en el 1986 en el Casino de Puerto Rico para narrar, mediante la celebración de su último baile antes del traspaso a los estadounideses, la realidad local del 1942.

“De amores dizque imposibles, se han rellenado gavetas y cabezas de poetas con estrofas prescindibles.

Yo soy criollo sensible de pluma poco conspicua, no gasto rimas melifluas en cantarle a la impotencia y mi décima sentencia: lo imposible no es boricua”.