Abnegadas y sacrificadas madres de Puerta de Tierra

Por: Jorge Rodríguez
El Vocero

Al menos desde 1836, cuando lo que se conoce hoy como el barrio Puerta de Tierra era habitado por 156 ciudadanos libres y 12 esclavos, y que más adelante dio paso a su ecuación habitacional actual, a partir del derribo de la puerta de Santiago que daba acceso a San Juan, el 28 de mayo de 1897, está enclavada una de las comunidades más pintorescas de la isleta de San Juan, levantada por un mar de gente por generaciones y sobre todo por sus mujeres, unas heroínas silentes.

Originado este barrio obrero además desde las mismas orillas del caño de San Antonio —hasta llegar a la playa de Bajamar— por su gente más humilde, aún la memoria atesora aquel ambiente de extrema pobreza, igualándole las madres de Puerta de Tierra, en la memoria, a "cuando los tiempos de antes eran mejores". De edades que fluctúan entre la treintena de años y sobrepasar los 80, estas damas y madres son Carmen Romero, Aida Saurí, Socorro Rondón, Lucy Dávila, Lucy Berríos, María Dolores "Lolin" Santos, Estebanía Figueroa, Aida Rivera, Gladys Clemente y Erika Colón, quienes ofrecen testimonio de la magnífica crianza que han logrado en su comunidad, tanto en las buenas como en las malas.

La vida en el mangle

Casi todas amas de casa y trabajadoras de servicios algunas, Carmen Romero, por ejemplo, nació donde está hoy el muelle 8, donde crió a sus cinco hijos.

"Esas eran unas casuchitas que cuando subía la marea, como era mangle, pasábamos con tablas. Después vinimos más para arriba que era un poco mejor, hasta que subimos aquí a donde vivían los blanquitos. Vivo en el residencial Puerta de Tierra y era buena la vida porque corríamos las nenas hasta en pantaletas por el barrio; no había malicia, aunque había que cargar agua, no había luz y cocinábamos con leña y con carbón. En los ranchones había una sola ducha para 12 personas, pero vivíamos en familia. Es verdad que era una lucha, pero había más unidad. Recuerdo que en el 52 le compré a mi mamá una estufa. Hemos pasado bueno y malo, pero siempre que uno se quiere superar, se supera, donde quiera que uno viva, porque el sitio lo hace uno", dijo.

Hijos buenos y trabajadores

Dice Aida Saurí que la vida en su barrio ha sido buena aunque, naturalmente, encuentra sus excepciones, sobre todo con gente de "afuera que dañan el sitio y pagamos todos".

"Aquí en Puerta de Tierra por lo regular son gente buena y nos conocemos todos. Los que vienen de otros lados dañan el sitio y pagamos todos. Yo viví en la Parada 5 donde estaba La Guayabita. Yo no me quejo, mi vida fue tranquila y me casé en la Iglesia San Agustín. De mis hijos, uno es teniente de la Policía, otro jubilado de la AMA y la nena que tiene su bachillerato en Ciencias Sociales, pero no está trabajando porque tiene un niño impedido que tiene que cuidar. Eso me ha traído felicidad porque veo que ellos me salieron buenos y trabajadores. A pesar de lo negativo de aquí, ha salido mucha gente buena".

La hija adoptiva de Puerta de Tierra

Lucy Dávila es en el grupo la hija adoptiva de Puerta de Tierra. Esta llegó al barrio hace 32 años, donde desde entonces se ha desempeñado como peluquera y administradora de la funeraria con su hijo Ernesto.

"Llegué a la Parada 7 y me instalé en un pequeño salón de belleza, en la Calle de San Agustín. Mis hijos Grenda Rivera y Ernesto Padró son de aquí y lo llevan muy en alto. Conozco la parte social de Puerta de Tierra trabajando en mi salón de belleza. El barrio es como un puente entre Santurce y San Juan y creo que por muchos años ha quedado olvidado. Ahora ha adquirido interés por el desarrollo de viviendas y nos hemos quedado sin mucho terreno. En la comunidades de San Antonio, Puerta de Tierra, San Agustín, Parque de San Agustín, El Falansterio y el Centro viven muchos envejeciente y muchos niños también. Es una comunidad deprimida porque hay mucho edificio antiguo abandonado. La gente es bien alegre y tú los ves siempre celebrando ese viernes social que no se pierden".

Mujeres padres y madres

Socorro Rondón, nacida y criada en Puerta de Tierra, observa que con la emigración de los campos a San Juan, todo Puerta de Tierra se llenó de casitas. Hicieron los residenciales y los llenaron con los que vivían en los distintos sectores del barrio. Esta tuvo 12 hijos, de los que han sobrevivido 10. Hace 57 años vive en un tercer piso y estuvo hasta el 95 trabajando con Tribunales, con Instrucción y Extensión Agrícola.

Mientras, Gladys Clemente, ama de casa y dueña del kiosco "El Camarón Loco", de una nueva generación, también ostenta con orgullo el ser nacida y criada en el barrio.

"Tengo dos nenas, soy luchadora y como quien dice, hombre y mujer, madre y padre. Tengo una nena de 19 y otra de 14. La primera se me gradúa y la otra sigue estudiando. Ambas tienen buenas metas. Me he batallado desde los 11 años cuando me casé. Estuve 17 de casada y me quedé viuda. Ahí con ellas, seguí adelante. Cuando me casé tenía mucha capacidad, pues a los 14 fue que tuve la primera. Hoy día es bien diferente a lo que era antes. Antes las madres se dedicaban a estar con sus hijas, a llevar la buena enseñanza. Pues hoy no es el tiempo de antes. Antes era mucho mejor. Sin embargo, he aprendido a sobrellevar el respeto que me inculcaron mis padres y sus enseñanzas. En las malas ha sido igual, unida a mi familia sin nunca dejarme vencer".

Su madre, Aida Rivera, también es nacida y criada en este barrio además musical, cuna del legendario Noro Morales, Raphy Leavitt y los integrantes de la Corporación Latina. Con dos hijas, Rivera conoce Puerta de Tierra de rabo a cabo como vivienda.

"Para mi tiempo, Puerta de Tierra era una cosa bonita y mis hijas me salieron buenas. Las crié bien, aparte que yo siempre respeté a mis padres, que están vivos. Ellos vivieron en La Coal (muelle 8) y gracias a Dios, hemos luchado para sobrevivir. De la pobreza, hemos mejorado. Llevo 27 años con mi esposo hasta que el Señor diga. El me cogió a mí de los 14 años y tuve mi nena mayor a los 15".

De otra parte, Erica Colón, otra de las madres jóvenes y luchadoras del grupo, se casó a los 15 años, tiene una niña, y expresa que no todo ha sido fácil, que ha tenido mucho percance, pero "para alante", como han dicho todas estas amigas.

Otra dama es Lucy Berríos, del Falansterio, nacida y criada hace 53 años en el barrio —como sus padres—, también con dos hijos.

"Hemos sido tres generaciones en el Falansterio porque se criaron mis padres, me criaron a mí y yo a mis hijos y nietas. Nuestra vida es bien tranquila. Antes la compenetración con los vecinos era tremenda, como en familia. Con el tiempo, eso ha ido cambiando, porque los padres que han muerto, los hijos no quieren vivirlos y hay mucho apartamiento vacío. Las únicas encrucijadas que viví era cuando en el condominio (Las Acacias) empezaban los tiros y los policías se escondían detrás de los palos al frente de mi casa y los nenes dormían hacia la calle. Tenía que correr a bajarlos de las literas al piso por miedo a los tiros. Fueron los peores momentos de mi vida".

Estebanía Figueroa tuvo cuatro hijos y tiene tres vivos. También vivió después de la Avenida Fernández Juncos hacia la bahía. Esta recuerda el plato de las once del día y el café de los vecinos de las tres de la tarde. Más que nada tiene vivo el recuerdo de las Fiestas de Cruz.

"Iban allá abajo a buscar las pencas, hacían el altar y cuando se terminaba ponían las capias. Eramos pobres y lo que había era letrinas. Uno tenía que dar un vellón para poderse bañar y hacer fila. La ducha era un cacharro guindando; y a la escuela Brumbaugh yo iba descalza. Cuando subió doña Fela (alcaldesa de San Juan) entonces fue que aprendimos a ponernos zapatos. En la escuela pagábamos otro vellón para poder comer y el que no tenía, no comía. A mi papá no lo conocí porque se murió y mi mamá era cocinera de fondas. Teníamos quinqué y velas. Pasábamos por el taller de (Juan) Rosado y me acuerdo que conocí a Cantinflas. Me fui con el novio a los 20 años, pero me salió malo y los demás también. Del último, enviudé. El mes que viene cumplo 84".

Otra batalladora infatigable lo ha sido María "Lolin" Santos, ex dactilógrafa en el Municipio de San Juan, con dos hijas profesionales y un nieto de nombre Gerardito. Este nació prematuro y rápido la llamaron para que se hiciera cargo y desde ese momento ella se lo encargó al Cristo de los Milagros, como dice. Su nieto, de un hijo fallecido, como paciente de sida pediátrico, apenas refleja cargas virales.

"A veces se enferma, pero como yo le dedico todo el tiempo, Dios me ha hecho un gran milagro con él. Cuando nació no me decían nada en el hospital porque la doctora también se creía que se iba a morir. Yo también me quería morir, pero Dios obra misteriosamente y proporciona; y hoy mismo, está fuera de peligro. Yo necesito algo para él y me aparece. Puedo no tener dinero y llega alguien, me abre el camino Dios y me llegan las cosas", puntualizó.