Miguel “Papote” Toro, universitario de 19 años, que vive solo en el sector La Perla. (Foto:Ramón Toñito Zayas)
Un joven dispuesto a forjar su futuro

El Nuevo Día 
Lunes, 21 de noviembre de 2005 
Por Camile Roldán Soto                                   


 
Todo lo que Miguel “Papote” Toro sabe sobre el mundo del narcotráfico no lo aprendió en las películas. Tampoco se lo contaron. Lo vive desde niño en cada recoveco de Puerta de Tierra y La Perla. A través de su padre, sus familiares y amigos más cercanos, a quienes vio convertirse en dueños de un “punto”, tiradores o “mulas”.

Él sabe por qué muchos entienden que para ellos no hay otra alternativa que no sea jugársela fría, arriesgarlo todo, la vida misma y desde que se es prácticamente un niño, en ese negocio.

Lo sabe porque hoy, a sus 19 años, Miguel vive a plenitud, luchando cada día por alcanzar su sueño de ser piloto. Pero está convencido de que su realidad pudo haber sido diferente, muy similar a la que viven sus amigos de la infancia. O su propio padre.

Ninguno tuvo otro ejemplo de vida que no fuera ése, el mundo de la droga.

De su grupo de amigos más cercano habrá dos o tres trabajando en algún establecimiento de comida rápida. El resto no terminó tan siquiera la escuela superior. Venden droga. A uno muy querido lo asesinaron de 55 balazos siendo un adolescente, después de haber matado a mucha, mucha gente. En cuanto a su padre, cumple una condena de 15 años en una prisión de Pennsylvania.

Y si Miguel es la excepción a la regla en su entorno se lo debe a que un día, sin buscarlo, cayó en manos de la organización sin fines de lucro Jóvenes de Puerto Rico en Riesgo.

Entonces tenía 13 años y había sido expulsado de seis colegios por problemas de conducta que le habían ganado un expediente de 34 “warnings” y 14 referidos a la orientadora de la última institución a la que ingresó. Eso sí, nunca había lidiado con drogas, pero las tenía al alcance de la mano, conoce bien cómo trabaja un “punto” y le iba mal en la escuela, lo que lo convertía en un blanco fácil para caer en ese mundo cualquier momento.

Aunque en un principio accedió a la invitación para tomar un taller de la organización porque allí conocería muchachas, Miguel comprendió rápido que estaba frente a la oportunidad de su vida.

Él quería mejorar la relación con su padre, subir las notas y tener mejor conducta, pero no sabía si podía lograrlo.

En el taller aprendió no solamente que sí podía, sino que se planteó metas, aprendió a manejar sus emociones, a hablar con su padre. Contó con dos mentores voluntarios que le dieron un ejemplo diferente al que conocían él, su padre y sus amigos.

Supo que había otro mundo posible. Uno que quizá no era tan fácil como seguir los pasos de quienes le rodeaban. Pero no iba a costarle la libertad. O la vida.

“Luego de terminar el taller me sentí como otro Miguel. Sigo siendo un 'desordenao' pero no cuando no tengo que serlo”, consignó sobre lo aprendido.

El caso de Miguel es sólo uno entre 390 casos de jóvenes que han pasado de ser potenciales desertores o criminales a gente emprendedora y de provecho para la sociedad. El 99% de los que ingresan al programa lo termina y el 95% de ellos continúa estudios. Unos 87 jóvenes con ideas suicidas y 36 que intentaron quitarse la vida se encuentran en franca recuperación emocional.

Mercedes Cintrón, fundadora y directora de Jóvenes de Puerto Rico en Riesgo, lo pregona con orgullo. Y una sonrisa enorme le inunda el rostro cuando habla de sus muchachos.

Fue hace 12 años que Cintrón, una ex directora de la Administración de Instituciones Juveniles (AIJ), decidió dedicar su vida a prevenir que jóvenes como Miguel sigan un patrón destructivo. Había salido totalmente “frustrada” y “dolida” de la dirección de la AIJ, tras darse cuenta de una vez llegan al sistema correccional las oportunidades de cambio para los jóvenes son casi nulas.

En un cálculo sencillo, Cintrón prefiere invertir $4,000 en nueve meses o más de ayuda preventiva para los muchachos que $60,000 al año para mantenerlos en el sistema correccional, antes de devolverlos al mismo entorno social, sin apoyo de ninguna clase.

El costo del trabajo que realiza la organización es en realidad mucho mayor, pero se nutre de individuos y empresas voluntarias. Muchos de los mismos jóvenes que comienzan recibiendo ayuda terminan siendo los más fuertes colaboradores, como es el caso de Miguel.

A través de su trabajo en la organización, Miguel se ha convencido de que lo que hace falta para que jóvenes como él logren sus metas es eso que él adquirió de sus mentores.

“El ejemplo de un hombre en su casa que los ponga pa' su número y no con violencia, sino dando ejemplo... El ejemplo diferente que no sea lo mismo: vender droga, 'bichotes', que la única manera de ganar dinero es ésa”, apuntó Miguel.

Por eso, para servir de ejemplo, hace unos meses vive solo en un apartamento en La Perla. Es un sitio pequeño, con una envidiable vista al océano y al Castillo San Felipe del Morro.

Desde allí sale todos los días a la universidad y al trabajo, motivado por la fuerza que ejerce en él un pensamiento constante: “ser yo el ejemplo de mi padre, el ejemplo que mi papá no me pudo dar yo dárselo a él y que él vea que yo sí pude lograr mi sueño”.