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Por: Johnny Torres Rivera
Puerta de Tierra fue la cenicienta que soñó con ser princesa.
De un humilde barrio obrero tuvo ínfulas de gran
ciudad. Después de la Segunda Guerra Mundial Puerta de Tierra
comenzó a experimentar un vertiginoso desarrollo socio-económico
sin precedentes. Una nueva generación más educada egresaba de
las escuelas y universidades. Los hijos de aquellos campesinos
analfabetas que poblaron los arrabales y la calle San Agustín,
ahora ponían todo su empeñado en desechar los harapos y cubrir
al barrio con nuevas galas de progreso y prosperidad. Emergió una pujante y emprendedora
clase media decidida a romper viejos esquemas instaurando nuevas
pautas de convivencia y mutuo apoyo. Y hasta aquí entonces
llegaron profesionales, comerciantes y grandes empresarios.
Ricos y pobres, si distinción de clases, "juntos y
revueltos" comenzaron a forjar la gran bonanza económica y
la estabilidad social. Se construyeron facilidades recreativas,
hoteles de lujo, teatros, farmacias, supermercados, dispensarios
médicos, rotativos, estaciones de televisión, muelles,
bibliotecas, estación postal, banco... El futuro se vislumbraba
brillante y prometedor. Sin embargo, el
barrio no estuvo exento a uno de los fenómenos sociales más
determinantes en la historia de Puerto Rico. Es ampliamente
reconocido que el proceso migratorio hacia Norteamérica, que
comienza en la década del 1940 es uno de los acontecimientos más
determinantes en la historia de Puerto Rico. En ese sentido
expresa Maldonado Denis (1987, p. xxiii): no ha habido, quizás,
un acontecimiento histórico de mayor trascendencia para el
destino de la nación puertorriqueña que el éxodo masivo de más
de medio millón de puertorriqueños durante el periodo que sigue
inmediatamente después de la segunda guerra mundial. El famoso
informe Dorfman: March 1946 report by the U.S Tariff Commission—el
llamado Dorfman report—indicaba que era necesario que un millón
de puertorriqueños abandonaran la isla para lograr una economía
con un crecimiento sostenido.
Los grandes flujos migratorios de los puertorriqueños comienzan
tras el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. A esto
aportaban la situación de precariedad económica en la isla, que
fue el factor más determinante, y la disponibilidad de medio de
transporte aéreo, producto del desarrollo de la aviación
comercial con aviones excedentes de la Guerra. Muchas veces se
podían conseguir pasajes a crédito. De ahí que se incorporara al
refranero popular la frase de “vuele ahora y pague después”.
(Sierra Berdecía (1956, p.10). Del 1ro de enero de 1945 al 31 de
octubre de 1955 se trasladaron a los Estados Unidos 429,747
puertorriqueños, lo que representa casi un promedio anual de
40,000. Desde 1955, el
Banco Gubernamental de Fomento había aprobado un préstamo para el primer condominio residencial en la Isla, el Condominio San Luis en Puerta de Tierra.
Puerto Rico fue la primera jurisdicción bajo la bandera estadounidense que recurrió al concepto de condominios para resolver la necesidad de viviendas en las áreas metropolitanas densamente pobladas.
Al igual que El Falansterio, construido en el 1937, el
Condominio San Luis resultó todo un éxito. El auge en la economía local permitió que
muchos de los residentes en los apartamentos alquilados en
Puerta de Tierra, obtuvieran la solvencia económica suficiente para adquirir sus casas propias. Al principio se desplazaron
hacia las urbanizaciones Roosevelt y Puerto Nuevo. Luego se decía que "brincaban la bahía de San Juan" para poblar la Urbanización Levittown, en Toa Baja. Como
respuesta a la escasez de terrenos en el área metropolitana se
comenzaron a construir, durante los 1970, proyectos de vivienda
pública en estructuras multipisos. Se pretendía ubicar en esas
estructuras a la mayor cantidad de individuos en el mínimo de
terreno posible y, además, asegurar áreas recreativas para los
residentes. El edificio multipisos como tipo arquitectónico no
funcionó para este sector de la población. El sentimiento de
propiedad no se extendió a todas las unidades del edificio,
sino que comenzaba y terminaba en el apartamento. El residente
entendía que, como inquilino del gobierno, la responsabilidad
del mantenimiento y el buen funcionamiento recaía únicamente
en éste, y no se responsabilizó por mantener los predios del
edificio en buen estado. Por otro lado, los lazos comunitarios
existentes entre personas provenientes del mismo sector fueron
obviados en la mayoría de los proyectos públicos. Entonces...todo
el esfuerzo de superación de siglos se vino abajo en solo unos
treinta años. El principio del final lo provocó la Guerra de
Vietnam. La juventud regresaba de los campos de batalla con
traumas emocionales difíciles de superar, buscando alivio a su
enajenación en las drogas. El segundo golpe llegó con la
mecanización y el traslado de la actividad marítima comercial a Isla Grande, al
otro lado de la bahía. Los muelles eran la fuente principal que
movía la economía del barrio. En Santurce comenzaron a
proliferar las cadenas de mega tiendas extranjeras y los grandes
centros comerciales que estrangulaban al pequeño comerciante;
con
una competencia de tal magnitud que terminaba llevándolos a la
quiebra.
|
Historial
de la población |
| Año |
Población |
%± |
| 1899 |
5,453 |
— |
| 1910 |
10,836 |
98.7% |
| 1920 |
15,716 |
45.0% |
| 1930 |
11,936 |
−24.1% |
| 1935 |
13,356 |
11.9% |
| 1940 |
11,480 |
−14.0% |
| 1950 |
9,114 |
−20.6% |
| 1960 |
8,075 |
−11.4% |
| 1970 |
6,143 |
−23.9% |
| 1980 |
5,522 |
−10.1% |
| 1990 |
5,366 |
−2.8% |
| 2000 |
4,135 |
−22.9% |
|
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La estocada mortal la recibió
Puerta de Tierra con la construcción del Condominio Las
Acacias. Algunos de los primeros inquilinos fueron naturales de Puerta de
Tierra. Pero luego comenzaron a llegar individuos y familias
ajenas a la idiosincracia del barrio. Junto a buenas familias,
que sí las había, arribaron sicarios y delincuentes que allí
plantaron bandera y tomaron posesión del lugar. Estos
últimos fueron desplazando a los de Puerta de Tierra residentes
en el condominio, acosándolos de tal manera para que se mudaran
a otros lugares. Luego extendieron su radio de acción
delictiva por todo el barrio. Los robos, escalamientos y asaltos
a mano armada se convirtieron en una pesadilla que los
habitantes sufrían día tras día. Las guerras de las gangas por
los puntos de drogas convirtieron las calles en tierra de nadie. En la década de los 80, y ante la
rampante ola de criminalidad comenzó un éxodo masivo de
residentes y comerciantes. Según datos del Negociado del Censo
Federal, la población se redujo de 29,760 en el 1950 a 7,963 en
el año 2000. Puerta de Tierra agonizaba ante los
embates del desorden social. Hoy
Puerta de Tierra está estratificada. Al norte de la isleta
observamos una extraordinaria actividad turística. Imponentes
hoteles de lujo, hermosas playas y parques recreativos que
brindan al visitante una experiencia caribeña única en su
clase. La Avenida Constitución sirve de pasarela al desfile de
bellezas arquitectónicas de antaño, que recordando su glorioso
pasado miran hacia el sur con nostalgia; hacia una calle San
Agustín mustia y sin vida, de edificios vacíos y abandonados, añorando lo que pudo ser y no
fue. En
la actualidad se están llevando a cabo investigaciones y
estudios con el propósito de desarrollar un plan de renovación
y revitalización del barrio Puerta de Tierra, que ahora forma
parte del área de la Isleta de San Juan conocida como San Juan
Antiguo, para diferenciarla del Viejo San Juan.
Reseña
tomada de El Nuevo Día:
16 diciembre de 2000 Cuando mañana caigan desplomadas las paredes del residencial Las Acacias, en Puerta de Tierra, quedará en las mentes de quienes allí vivieron el agridulce sabor de sus 25 años de historia. Inaugurado en el 1975, con el objetivo de brindarles un hogar seguro a 252 familias de escasos recursos, el residencial ingresará a la lista de edificios destruidos por el Departamento de la Vivienda (DV). Veinticinco años después de su fundación y en un deterioro que se asegura no puede ser remediado, Las Acacias desaparecerá a un costo de $2 millones, en comparación a los $20 millones que costaría restaurarlo.
Las dos altísimas torres color ocre se convirtieron en la década del 90 en la sede de violentos y constantes enfrentamientos entre la Policía y los narcotraficantes.
Últimos testigos visibles de esos días son los agujeros de bala en las paredes, puertas y cristales del residencial. Los que vivían entonces en Las Acacias no olvidan la madrugada en que, por primera vez, las autoridades tomaron control del lugar. El día del operativo los residentes fueron despertados por el estruendo de los helicópteros, las firmes pisadas de cientos de efectivos de la Policía y el feroz ladrido de los perros que los acompañaron en el impresionante operativo.
"Era de madrugada, yo me levanté por el ruido que hacían los helicópteros. Eran muchos… y muchos policías, carros y perros", relató Santiago Vázquez, de 45 años. Cuando la policía asumió control del lugar, "la gente aplaudió. Tú te cansas de acostarte a las 10:00 p.m. escuchando tiros. Es demasiado para los nervios", agregó Vázquez, quien vivió 17 años en el residencial.
Los guardias prestaron vigilancia en el residencial durante casi seis meses, las 24 horas del día. Ese tiempo los ex residentes lo recuerdan como uno de "tranquilidad", comparado al que vivían previamente, cuando el fuego cruzado entre policías y narcotraficantes era tan común como el ir y venir de los barcos que diariamente parten y arriban a los muelles, que se ven por las ventanas del residencial.
Hace dos meses, el Departamento de Vivienda culminó el traslado de quienes residían en Las Acacias. El secretario de Vivienda, Carlos González, indicó que 171 familias se ubicaron en otros residenciales públicos cercanos a su antiguo hogar, 3 se acogieron al Plan Ocho, 26 alquilaron una propiedad y 31 compraron casa. Para el comandante de área de San Juan, Adalberto Mercado, la mudanza de esta población resultó indirectamente beneficiosa porque ocasionó la merma de crímenes violentos en la zona de Puerta de Tierra. Esto debido a que quedó eliminado uno de los grandes escenarios de la lucha por el control de los puntos de venta de drogas. "Al cerrarse Las Acacias, ya tú no tienes esa competencia entre unos y otros. Las cosas se han calmado", sostuvo Mercado.
Pero antes de que eso sucediera, la violencia que generó la droga estallaba en la comunidad casi a diario, cuando desde sus balcones y fuertemente armados, inquilinos del lugar la emprendían a tiros contra el cuartel de la Policía localizado frente al residencial. En más de una ocasión, varios guardias resultaron heridos en el intercambio de balas.
Brenda Flores tiene 15 años. Pero el tiempo no ha podido borrar una horrible experiencia que marcó su vida. Tenía siete años cuando vio el cuerpo de su mejor amiga caer desde el piso 11 de su edificio. Luego de haber sido violada por un vecino del residencial, la niña fue arrojada por el balcón por su victimario y cayó muerta en medio de los dos edificios. "Cada vez que se formaba un tiroteo, mami nos levantaba para que nos acostáramos en el pasillo", recordó Brenda.
Cuenta que, por fortuna, nunca se coló una bala por las ventanas de su casa. Pero ella y sus cuatro hermanas recuerdan bien cuando un casquillo quedó enterrado en el marco de la puerta, luego de destrozar una campanita de bronce que siempre colocaban como decoración navideña. Esa noche, como muchas otras, Brenda y sus hermanas llegaron amanecidas a la escuela. Para muchos, estas y otras historias hicieron de Las Acacias un indeseable y peligroso aposento, quizá el de peor reputación en el área metropolitana. A pesar de las tristes e inaguantables experiencias, Brenda siente que Las Acacias es su hogar y asegura que mañana, cuando sea demolido, llorará por no poder cumplir su plan de criar allí a los hijos y nietos que espera tener algún día.
Por su parte, quienes inauguraron Las Acacias aceptan que en los últimos años la calidad de vida en el residencial iba en picada. Pero aseguraron que si la policía hubiera reforzado la vigilancia y el mantenimiento hubiera sido mejor, la historia sería muy distinta.
"esto era un amor, al principio. No se permitían perros ni tirar basura. Había un policía en cada piso, pero empezaron a traer gente de otros sitios y empezó a dañarse todo", expresó Milagros Sánchez, quien fue presidenta de la junta de directores del residencial durante los pasados seis años.
A diferencia de muchos que recuerdan Las Acacias como la sede de violentos tropiezos entre algunos residentes y la Policía, Milagros sonríe nostálgica cuando rememora las fiestas de Navidad, Acción de Gracias y despedida de Año que organizaba "para que la gente compartiera". "Allí había mucha gente buena, buenos vecinos. También hubo muchos muchachos que yo vi crecer y también morir, por las drogas", dijo con tristeza la líder comunitaria.
Estén o no de acuerdo con la implosión, en lo que coinciden los ex residentes entrevistados por El Nuevo Día es en la nostalgia que les provoca pensar que, en siete segundos, los que fueron sus hogares se convertirán en restos de varillas y cemento. Desde su nuevo hogar en el residencial Puerta de Tierra, Vázquez se quejó de que Vivienda no le proveyera un hogar para impedidos, como le prometieron. "Es duro. Yo me caí aquí y nadie apareció para ayudarme, allá nunca me pasó eso", cuenta Vázquez, quien vivió 17 años en Las Acacias.
"Por eso yo no cambio Las Acacias por nada. Los vecinos eran buenísimos. Tú llamabas para pedir un favor y aparecían cinco o seis personas para ayudarte", añadió. Brenda ahora vecina de Vázquez en el residencial Puerta de Tierra, afirma que ya tiene algunos amigos en el residencial y que se está acostumbrando. "Cuando me enteré de la implosión, yo decía 'este es mi sitio, no me quiero ir...' Pero ya no podemos hacer nada", dijo, a punto de echarse
a llorar.
Camile Roldán Soto
La decisión de destruir Las Acacias mediante el método de implosión fue tomada por el Departamento de la Vivienda (DV) luego de determinar que el costo de remodelar los edificios ($20 millones) sería nueve veces más alto que el de su destrucción ($2 millones). Durante los últimos años, las averías en los elevadores, sistemas eléctricos y desagües, eran cosa de todos los días, según los antiguos residentes del lugar y el propio DV
La experiencia de HUD, tanto en Estados Unidos como en la isla, es que este tipo de desarrollo resulta en serios inconvenientes en las áreas de seguridad y mantenimiento de la estructura. Esto sin contar que el diseño de las viviendas no está a la par con el resto de las construcciones de la isleta de San Juan, en opinión de los expertos entrevistados.
El presidente interino del Colegio de Ingenieros, Ricardo Solá, al señalar que es posible desarrollar viviendas de interés social de gran densidad, sin afectar la calidad de vida de los residentes, como ocurrió en el caso de Las Acacias. Ambos profesionales explicaron que, al ser edificios tan altos y al carecer de espacios abiertos, no fomentan entre los residentes un "sentido de pertenencia".
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La implosión de Crisantemos II el 28 de
julio de 1996, y de Las Acacias en el 2000, denuncia la urgencia
de una reforma en la política de vivienda para la isla. Es
preciso echar un vistazo a los programas utilizados a través
del siglo XX; tomar de ellos lo que funcionó y descartar lo que
no sirvió. La nueva Puerta de San Juan, que forma parte de un
nuevo programa de diez años para la revitalización urbana de
la capital, tiene proyectados - como parte del esquema - tres
complejos de vivienda pública. Esperemos
haber aprendido la lección. ( Luz María Rodríguez)
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